miércoles, 30 de diciembre de 2015

Lecturas no obligatorias: batiburrillo especial 2015

Hola, soy una entrada programada para los últimos días de 2015, con libricos especiales para rememorar este año.



Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez. Qué os voy a decir de este libro. Estaba por mi casa y lo tiene todo: un árbol genealógico que no hay dios que se aclare, cosas ocultas chungas, gente que no sabe por qué hace las cosas y degenerados variados. Tenéis que leerlo. Yo, desde luego, pienso pegarme un chute.



Lores y Damas, de Terry Pratchett. ¿Por qué? Porque todos necesitamos que Yaya Ceravieja nos cruce la cara de vez en cuando, para recuperar la perspectiva, ya que nos volvemos imbéciles cuando nos dejamos llevar por el glamour. 



Flanagan de luxe. Es la única narrativa "policiaca" que soy capaz de trasegar. Me trago C.S.I y series similares a dos carrillos, pero con los libros policiacos no puedo. Me superan. Sin embargo, esta saga me ha gustado desde adolescente. Y este libro en especial me proporcionó momentos hilarantes de esos de doblarte por la mitad y que tu madre te pregunte si es que te ha dado un algo. Y, al final de este año, hay que recordar que somos personas y hace falta que el cerebro se oxigene un poco.

Pues eso. Como dicen en mi tierra, mañana será otro día y verá la tuerta los espárragos.

Feliz 2016.

domingo, 27 de diciembre de 2015

De lugares seguros y tiempos muertos

Yo no sé vosotros, pero cuando a mí se me descuajeringa la existencia, escribo. Escribo patatas, mayormente, pero al menos consigo una pequeña parcela de control que tranquiliza bastante mi mente. Hay momentos, sin embargo, en que escribir no es una opción y sólo queda escapar.

Los lectores tendemos a huir a los libros.

Hay quien se esconde en historias nuevas, donde la historia desconocida pliegue el tiempo exterior y donde la propia mente, llevada por los avatares ajenos, se recomponga sin darse cuenta. Hay quien se atrinchera en libros conocidos, donde no existe el peso de la incertidumbre y uno puede aliviar sus heridas con el bálsamo de lo previsto. Comprobar que hay algo que no cambia, que queda algo de seguridad, no tiene precio.

Quizá por eso cuando cambian cosas en las adaptaciones a pantalla la gente se rebota tanto. Es como llegar a tu casa y que tu madre haya puesto un salón de té en tu habitación.

Hoy están echando en la tele El Señor de los Anillos, la trilogía entera. Me entra un poco de vértigo cebolletil al pensar que tiene más de diez años. Sus diferencias con los libros siguen siendo las mismas. Las cejas de los elfos me siguen dando alergia, el doblaje de Eowyn sigue siendo infumable y pensar que este año se ha muerto Sir Christopher Lee duele. Es un buen lugar donde acampar, un sitio donde mi identidad no corre peligro. 

Hola. Vengo a cargarme la línea argumental élfica 
para satisfacer las fantasísa fanfic-quianas del director de la película. 
Entendedme, necesito el dinero para decolorarme las cejas.

Ya veis: hasta las adaptaciones pueden convertirse en terreno seguro. Que la ficción a veces parezca más sólida que la vida real hace que uno se dé cuenta de lo frágil que es la existencia, de cómo se puede ir todo a la mierda en dos segundos o cómo te lo puedes cargar con tu ineptitud.

Uno no puede esconderse eternamente. Bueno, puedes, si no te importa convertirte en un hikikomori chungo o en un monje cartujo. Como los refugios de montaña, los oasis con páginas o fotogramas cumplen una función concreta. Una vez reconfortados, consolados y aliviados, tenemos que seguir nuestro camino, o recomponer el que nos hemos cargado, o hacer encaje de bolillos con las consecuencias de nuestros actos. A veces se empieza por algo tan facilito como esto, que es simplemente volver a escribir.

viernes, 18 de diciembre de 2015

De sufrimiento, romanticismo y responsabilidad

Nunca imaginé que me iba a tener que agarrar al discurso de un señor que escribe cosas para seguir respirando. Si habéis hurgado por aquí sabréis que Neil Gaiman es preceptivo en esta casa y que en cierto momento dijo cosas en una universidad que bien podrían acabar siendo evangelio.

Así que (perdonadme por la aberración lingüística que estoy a punto de cometer) habiendo makeado glorious mistakes (no los llamaría "glorious", pero gordos sí que han sido) que han llevado a que explote el gato, lo que queda es el good art. Cuando te las has apañado para cargarte todos tus faros y todas tus brújulas está bien que te quede algo que te asegure que tú sigues siendo tú.

Escribiré bien, mal o mediopensionista, pero pegándome con los leísmos y las erratas encuentro un poco de cordura. El crujido de las teclas resuena como si fuesen los primeros pasos en la dirección correcta. Hay una cierta paz escapándose entre los párrafos. Leí una vez que un tontolnabo había dicho, todo rimbombante y místico, que los artistas tienen que pasarlas putas para sacar lo mejor de sí. No, mirad, hermosos: el sufrimiento no es deseable, ni imprescindible, ni necesario. Ensalzarlo es un error muy grave. Igual queda romántico, pero no cuela.

Lo que es necesario es remangarte el refajo si el sufrimiento llega y no dejarte hundir ni vencer por él. Es responsabilidad de uno dejarse abrumar por las circunstancias o tomar las riendas. Cuando la has cagado a base de bien lo último que te beneficia es hundirte en la pasividad. Lo que empieza a redimirte es hacer algo. Las cosas bien, a ser posible.

Y ya que nos hemos puesto románticos voy a plantaros un cuadro de Caspar David Friedrich, que nunca está de más.

El naufragio de la esperanza, ese momento glorioso 
en que descubres que el hielo puede ser marrón.

miércoles, 16 de diciembre de 2015

La Princesa Tempestad y otros cuentos de invierno





Es una pequeña antología de relatos donde el frío y la oscuridad se cuelan entre los párrafos. Ya sea por localización temporal, sensación térmica o alma metafórica, el invierno está presente.  Hay uno que explora las consecuencias de pasarte con la bebida en estas fiestas. Hay otro donde el despertar hace añorar el sueño. Hay monstruos. Hay magia.

Hay gatetes, un cuervo y una tortuga.

Es el invierno una estación de cambio, de hibernación. En ella, todo muere con la esperanza de renacer en primavera, de tener la oportunidad de florecer de nuevo.

Son relatos donde, desde la oscuridad, se espera que vuelva la luz algún día. Relatos donde esa misma luz añorada derrota las sombras que han campado a sus anchas en la estación gélida. Hay cuentos de renacimiento, de redención y de duda; sueños y despertares. 

Hay cuentos de princesas, de maestros y de piedras.

La portada es obra de Lorena García y mola un huevo de brontosaurio. No me digáis que no queréis un póster.

jueves, 10 de diciembre de 2015

Queridos Reyes Magos

Me motiva mucho más escribir la carta a los Reyes desde que descubrí que son zombis. Sí. No pongáis esa cara. En Colonia tienen un relicario con sus restos mortales, con lo cual están muertos. Fiambres. Cadáveres. No me digáis que no tiene mucha más chicha que tus deseos te los cumplan tres compadres fenecidos y putrefactos en lugar de un tío patrocinado por Coca-cola que esclaviza especies feéricas en el Polo Norte.

En fin, tras este precioso crossover entre el roscón y The Walking Dead, paso a manifestar algunos de mis deseos consumistas. He sido una niña muy buena y he trabajado mucho y me he portado muy bien con todo el tema sanitario que me ha caído encima y he dejado a la gente vivir sin meterme con nadie, así que yo creo que me lo merezco.

Porfa.

En primer lugar quiero pediros Seraphina, de Rachel Hartman.

Me sobra la opinión de Paolini estropiciando la portada, pero bueno.

La portada es TAN bonita que uno no puede quedarse indiferente. He leído dos cosas sobre ella: steampunk y dragones. Yo, hijos míos, creo que es un win instantáneo en picar curiosidad. Ahora sólo falta que esté bien escrita y me guste y ya sea un éxito redondico cual roscón.

El segundo lugar quiero The Sandman: Overture en la edición más chachi que podáis encontrar.



Neil Gaiman está en mi panteón particular de dioses que escriben y Sandman es una de las obras que más me han retorcido las entrañitas. Desde el Corintio hasta Bastet pasando por todos y cada uno de los personajes: ninguno tiene desperdicio. Es London Below pero a escala cósmica. Lo siento por explicarme tan mal, es intentar entrar en detalles y colapsárseme el área de Bronca al pugnar todas las sinapsis por meter baza a la vez. Este lo quiero en inglés. Please.

También me vendrían bien un pelapatatas, un contrato fijo y cuarto y mitad de cecina de León, pero no es imprescindible. No tengo muy claro lo que bebe un camello zombi, así que os dejaré un cubo de agua y ya veréis vosotros. Supongo que unos sesitos rebozados como tentempié os vendrán bien. Llevad cuidadito, que están las carreteras finas en estas fechas, y coged una rebequita, que os vais a enfriar.

viernes, 27 de noviembre de 2015

Hace doce años conocí a alguien


Hace doce años conocí a alguien.

Cada cada opinión mía que menoscabó, cada vez que despreció mis sentimientos, cada caricia que me negó, cada reacción violenta que tuvo, abrió una grieta en mi alma.

En cada grieta vertió una frase.

"Tu madre es una majadera" cayó en la primera grieta, sobre mi corazón, como agua mansa.

"Tú lo que tienes que hacer es dejar de ver a tus amigas e ir menos por tu casa, que te altera" cayó en la segunda grieta, sobre mis piernas, como un arroyo cristalino.

"No te me pongas dramática" se coló en la tercera grieta, en mi garganta, como el rocío del amanecer.

"No lo haré más" se derramó sobre mi vientre, lentamente, como una inundación de primavera.

Cada caricia que me obligó a soportar cuando yo no quería, o cuando no me daba cuenta, cada súplica que ignoró, congeló sus frases. Las frases congeladas se convirtieron en mentiras. Las mentiras crecieron más que las grietas que las albergaban y destrozaron los valles de mi alma, uno por uno.

La mentira de la grieta de mi corazón me convenció de que la culpa era mía. Al congelarse aumentó de volumen e hizo que mi amor propio estallase en mil pedazos.

La mentira de la grieta de mis piernas me convenció de que no tenía a dónde huir. Al congelarse, reventó mi camino y me dejó paralizada.

La mentira de la grieta de mi garganta me convenció de que debía callar. Al congelarse, implosionó mi voz y me dejó enmudecida.

La mentira de la grieta de mi vientre me convenció de que era una mala racha. Al congelarse, se clavó en mis entrañas y me hizo sangrar.

Sangró mi cuerpo y sangró mi alma. Cuando reconocí la sangre intenté pedir ayuda, pero no pude porque no tenía voz. Intenté huir, pero mis piernas no me respondían. Intenté luchar por mí, pero no me pareció que valiera la pena. Al fin y al cabo, la culpa era mía. Así que me quedé quieta, callada y sangrando.

Cuando la sangre se secó, se formó una costra de vergüenza. La vergüenza era opaca y me dejó ciega. La mentira de mi vientre se repetía, y tanto se repitió que me encontré hundida en mi sangre caliente. Su tibieza hizo que se derritieran todas las mentiras, y yo me encontré con mi alma hecha pedazos, ciega, avergonzada y culpable. Sin embargo, logré huir. Seguí caminos ajenos, ya que el mío había reventado, y anduve callada, porque la culpa era mía y la vergüenza no me dejaba abrir los ojos.

Aprendí a coser.

Con el hilo de la voz de mi madre hice un cordel de seda y bordé una tortuga sobre la grieta de mi corazón. La herida sanó poco a poco y pude volver a mirarme al espejo sin sentir desprecio por lo que veía.

Con la curva de la sonrisa de las buenas personas que se cruzaron conmigo después hice una aguja. Con el hilo de los gestos amables que tuvieron conmigo entorché una maroma en la que bordé una brújula. Con la maroma hice un puente que, aunque inestable, me permitió crear mi propio camino de nuevo.

Con el velo de las caricias consensuadas, el tacto de los abrazos sinceros y el recuerdo de lo que una vez fui tejí una manta. En la manta bordé paisajes, libros y música. Me eché la manta encima y su calor hizo sanar mi vientre.

La costra de la vegüenza cayó de mis ojos, pero se quedó atascada en mi garganta. Todos mis intentos por urdir una voz nueva fueron infructuosos. Me resigné al silencio y empecé a escuchar.

La gente decía: a mí eso no me pasará nunca. Nunca dejaré que nadie abra grietas en mi alma. Ya hay que ser imbécil para dejar que alguien haga eso.

Y yo callé, porque no tenía voz, y mi culpa engordó con esa merienda.

La gente decía: qué idiota hay que ser para dejar que las frases de alguien se cuelen en tus grietas.

Y yo callé, y mi culpa tenía sitio para el postre.

La gente decía: cuando se te clavan las mentiras tienes que huir. Si no huyes es que eres gilipollas. Cómo les dejan hacerles esas cosas. La culpa es suya, que se lo permiten.

Y yo callé, y me atraganté con mi vergüenza. Mientras yo luchaba por respirar, mi culpa dobló su peso.

Una buena persona me ofreció un vaso de agua, y en el agua diluyó una frase.

La frase fue "no te lo merecías". Cayó como miel por mi garganta y derritió la costra de la vergüenza, que pude escupir por fin. Llegó a mis entrañas y pude digerirla, y pasó a mi sangre y a mi mente. Mi cuerpo reaccionó y empezó a deshacerse de la culpa. Culpa por no haber evitado que se abrieran grietas en mi alma. Culpa por no haber evitado que vertiera sus frases en ellas. Culpa por no haber evitado que se convirtieran en mentiras. Culpa por no haber huído cuando ya no podía huir. Culpa por pensar que lo merecía ya que yo había permitido que me destrozara como me destrozó.

La culpa se fue, una vez la dejé chiquitita, clavándome sus patitas de alambre mientras se escapaba. Con lo que había aprendido me tricoté una voz y con esta voz hoy vengo a pediros varias cosas:

No seáis alguien. Por favor.

No seáis gente.

No habléis creyéndoos mejores que nadie cuando no tenéis ni puta idea de lo que estáis diciendo, porque no sabéis quién puede estar escuchando y a quién podéis estar haciendo daño con vuestros pontificados basados en vuestros santos cojones.

Sed buenas personas, porque nunca sabéis cuán útiles pueden ser vuestras sonrisas, vuestros gestos amables o vuestros vasos de agua con frases diluidas.

Gracias.

miércoles, 18 de noviembre de 2015

Cosas que me habría venido bien saber en 1998

Este es un compendio de cosas sobre escritura que aprendí a las bravas. Es el equivalente a "no escojas una cazuela pequeña si pretendes hacer pasta para tres millones de personas". A estas alturas, siendo ya una señora mayor y habiéndome comido todas las revisiones que me he comido, me parecen obvias; sin embargo, en su momento habría estado bien tenerlas en cuenta.

Ay mi madre a ver cómo arreglo yo este entuerto...


1. No hagas profecías que no sabes cómo vas a cumplir. En serio, si el pájaro descenderá de los cielos y se posará sobre el elegido en medio de un mar de sangre, espero que tengas claro qué tipo de pájaro es, cuál es su envergadura de alas y le des un cursillo de natación sincronizada en A+ al elegido. Que luego se te acaba el libro y tienes a todos los ornitólogos flipando porque no han visto ave ninguna y al elegido con los manguitos pugnando por no morir ahogado, en el mejor de los casos.

2. No abras caminos que no sabes a dónde van. Buah, he tenido una iluminación que te cangas (de Onís): mi protagonista en una celda oscura, las ratas por el suelo, y una luz se cuela por las rendijas de los sillares mientras suena una música ominosa... Espera, que lo escribo... Que voy... NO. Primero justifica que acabe en una celda y decide qué cojones está provocando esa luz, o luego tendrás que inventártelo peregrinamente a lo final de Lost.

3. No uses ese palabro ahí. NO. Las palabras rebuscadas están bien si las pones bien. Usar un saco de palabras poco habituales en una novela juvenil donde tus protagonistas tienen dos neuronas como que no pega mucho.

4. No te tomes la historia como algo personal. "Ya, pero es que yo quería que Zutano acabase con Mengana. Pegan taaanto, el amor(dor)". Bueno, pues habértelo pensado antes de hacer que Zutano se cepillase a toda la familia de Mengana y le quemase vivo al gato, o antes de que Zutana se haya enamorado para toda la vida de todo personaje con cromosoma Y que se le ha ido poniendo por delante, que ya lleva dos divorcios y un enviudamiento y sigue a dos bandas con el épico guerrero y el intrépido flautista. Chocotajas, que tú lo que quieres son chocotajas. 

5. No pienses en qué van a pensar de ti cuando lo lean. Buf, es que me acabo de cargar a una civilización entera y he creado una sociedad meritocrática y a lo mejor mis amigos piensan que estoy como una cabra o algo. ¡Enhorabuena! Bienvenida al filtro de colegas 2.0. 

6. Recorta. Recuerda: los párrafos no están vivos. Ningún texto sangra si lo recortas. Quitar todo lo que no ayuda es bueno. No pasa nada por purgar esas cuarenta páginas que no aportan nada, aunque reflejen vida cotidiana. Venga, rapidito, que los sellos de la ojcuridad malrollera no se van a renovar solos.

7. No abarques tanto, borrica. Ya sé que quieres hablar de lo divino, lo humano, lo mediopensionista y la contradicción inherente a tu generación, pero hazme el favor de centrarte en una cosa sola porque esto parece un programa de tertulianos sin moderador.

8. Guarda. Ahora con vuestros ordenadores super-chupis que guardan automáticamente estas cosas no pasan, pero yo he visto cosas en máquinas anteriores al Pentium. Guarda cada dos minutos. GUARDA.

lunes, 16 de noviembre de 2015

Lecturas no obligatorias: batiburrillo VII

Esta es una entrada programada con libricos para huir de los telediarios, la realidad y tus consanguíneos cansinos.



La Corte de los Espejos, de Concepción Perea. Va del personaje mejor construido que he tenido el gusto de encontrarme este año. Tiene un mundo no-real, cosas chungas que pasaron en el pasado y que se adivinan más que se cuentan, personajes que resultan ser otra cosa, malos con enjundia y buenos que saben hacer cosas y a los que no dan ganas de meter dos sopapos. 



Olvidado Rey Gudú, de Carmen Martín Gaite. Este estaba por mi casa. Va de estarte quieto y no intentar ser más listo que los hados mientras las personas se comportan como gente. Tiene señoras con trenzas hasta la rodilla, un árbol genealógico y la Historia de Todos los Niños.



Dioses, tumbas y sabios, de C. W. Ceram. Otro que estaba en una estantería. Va de señores que hicieron cosas en el mundo real, pero contado de forma que parece ficción. Mola mucho. De verdad.

sábado, 14 de noviembre de 2015

De refugios, banderitas y cosas que hacer

Hoy es uno de esos días en los que quiere la casualidad que me encuentre con despropósitos de diversa índole. Reflexionaba yo no hace mucho sobre si la ficción debía ser un lugar seguro o un campo de entrenamiento para la vida real, sin terminar de darme una respuesta, y hoy ha venido la vida real a restregárseme por los hocicos. 

En fin. Vamos a suponer que es el lugar al que huir a recuperarse de la realidad, el refugio desde el cual mirar las cosas con perspectiva. Es cierto que el dolor, de intenso, puede nublar el jucio. Tenemos mucho porcentaje de cerebro de primate y lo primero de lo que uno tiene ganas cuando le hacen daño es de devolverlo, no importa a quién. Tener a alguien a quien culpar, er, hum, a ver, tú, es sumamente liberador. Y si puedes generalizar, mejor. Pararse a pensar, discernir, no satisface la urgencia de venganza, que no lleva a ninguna parte pero deja la sensación de que has hecho algo.

Al parecer, ponerte banderitas en una red social también demuestra cosas o soluciona cosas o algo así. Admitámoslo: las redes sociales son el recreo. El patio. Por mucho que pontifiques ahí, las cosas no cambian donde tienen que cambiar. Eso sí, tus compañeritos del jardín de infancia serán testigos de tu exorbitado esfuerzo por cambiar el mundo haciendo "plin" con el ratón. 

Tras este paseo por los cerros de Überwald, al cual tengo derecho por ser una señora hasta arriba de calmantes haciendo reposo posoperatorio (otro palabro regalo de la RAE), vengo a sugerir que se tome todo el mundo un respiro breve en el refugio de la ficción y piense un ratito en qué puede hacer fuera del patio del recreo para que noches como la de ayer no se repitan. Me refiero a cosas como educar a tus hijos para que no les lave el cerebro la primera ideología peregrina de turno o blindar el propio ante los envites del mono cabreado que todos llevamos dentro. Nada del otro jueves. 

Y, para ilustrar mi estupor, 
un fragmento de Delacroix.



miércoles, 11 de noviembre de 2015

Exilio: de lo efímero

Vivo en una ciudad donde el cielo tiene permanentemente un color blanco lechoso, como de ojos de ciego. Supongo que lo que quiera que haya más allá de ese velo malsano se mantiene a salvo así, sin ver lo que ocurre aquí abajo. No es un lugar acogedor. Como hay gente para todo, hay personas a las que les gusta esta ciudad de existencias hacinadas en sueños a media asta.

Muchos somos exiliados. Nos habríamos quedado tranquilamente cerca de lo que pudimos llamar hogar si las circunstancias nos lo hubieran permitido. Ver mundo no es mala cosa, ojo; pero, como tantas otras cosas, es algo que debe hacerse con la actitud adecuada. Debe salir de uno, no venir impuesto, o se convierte en un castigo.

Paraísos perdidos, Arcadias imposibles. El otro día esa herramienta del demonio que es FB me recordó que allá por 2013 había compartido esto: 



Añoranza/morriña de un hogar al cual no puedes volver, un hogar que quizá nunca lo fue; la nostalgia, el anhelo, la aflicción por los lugares perdidos del pasado.

Añoranza es más poético que morriña, que a pesar de ser más exacta suena algún tipo de afección ocular de perrete de aguas. Lo que no te dice nadie cuando te vas es que lo que dejas no volverá a ser, porque se transforma con tu partida. Lo que era muere mientras tus huellas, alejándose, se desvanecen; lo que encuentras al volver ha cambiado y no puede volver a ser lo que fue. 

Y todo esto viene porque esto pasa también con los libros. Nunca volverá a ser la primera vez que leáis ese libro que cambió vuestra vida. No sé cómo podemos vivir con esta certeza de lo efímero que nos conforma, rodea y persigue. Es a la vez bendición y maldición. Quizá sea por eso que lo que sea que habita tras el velo blancuzco prefiere no ver todo lo que hoy es y mañana ya no está, o que no sabe aún si le gusta o no cómo está organizado el devenir de lo que existe.

miércoles, 16 de septiembre de 2015

The Shepherd's Crown. SPOILERS A CARRETILLAS.

Bueno, pues ya me lo he acabado y tengo que hablar de ello. Esto no es una reseña ni una crítica. Esto es terapia.

LOS SPOILERS EMPIEZAN 
DESPUÉS DE LA FOTO



Me lo compré en inglés y tapa dura, como los ricos. En la solapa de la biografía dice "was", no "is". Eso ya predispone la lectura. La portada te dice que va a ir de Tiffany y que va a haber Nac Mac Feegle en modo horda. Tengo que decir que entender el habla vernácula de estos bichos es lo que más me ha costado. En mi cabeza, hasta ahora, hablaban como la abuela de la fabada. Intentar adivinar qué cojones estaban diciendo ha sido un ejercicio bastante estimulante.

QUE SÍ, QUE VIENEN SPOILERS


Y el clan de la abuela de la fabada está preparado para enfrentarse a ellos.


En general, le falta un baño final de Pratchettez. Es como si todos los temas que toca se quedaran cojos, simplemente esbozados. Por lo que dicen en la nota final, no le dio tiempo a terminarlo convenientemente y a pulirlo como nos tiene acostumbrados. Esto, para mí, lo convierte en un documento maravilloso e irrepetible. 

AHORA VIENE UN SPOILER 
MUY GORDO

NO DIGÁIS QUE NO OS HE AVISADO, LECHES

La primera fue en la frente, desde luego. Se muere un personaje principal (principal, chiquillos, muy principal) y yo no puedo dejar de imaginarme a ese escritor diagnosticado de una enfermedad terminal intentando gestionar el final inminente. Las brujas saben cuándo se van a morir. Él se lo olía. Todo lo relacionado con este deceso y con el sepelio tiene algo de cuento canónico; cómo todo el mundo viene a presentarle sus respetos... Como si, haciéndoles acudir a este funeral, pudiera despedirse de ellos también. Esto es todo muy paja mental mía, que me pasé páginas y páginas llorando y con las tripas hechas macramé.

Y, claro, alguien tiene que ocupar el lugar que ocupaba no ocupando ese personaje principal. Se pasa todo el resto del libro (esto sí está bien trabajado, creo que lo tenía muy claro mientras lo escribía) haciendo hincapié en los tiempos que cambian, las eras que se terminan y los sucesores que tienen que hacer las cosas a su modo. No puedo dejar de pensar que estaba mandando un mensaje subliminal (poco subliminal) a todos los escritores que deja detrás. Un "no me imitéis, buscaos vuestro camino y vuestra forma de hacer las cosas".

Vamos, un testamento.

OTROS SPOILERS
Vamos, que tenéis que haberlo leído para saber de lo que estoy hablando.

La "batalla final", para mí, es el equivalente de la de Ronda de Noche pero en brujas. Ese momento Magrat en armadura friendo elfos no tiene precio ni parangón. Esos yayos belicosos, ese aquelarre a saco: todo huele a final típico de batalla apocalíptica de bicho final. Es manido y me encanta. Ese Thunder and Lightning. El día anterior a leer esto estuve en Stonehenge, así que podréis imaginaros lo fresquito que tenía lo de los círculos de piedra.

Y ahora voy a hablar de su santa vesícula al presentarnos a Geoffrey y Mefistófeles sabiendo que se iban a quedar en este libro. No sé vosotros, pero yo habría sido feliz con un libro donde el Bibliotecario, Gaspode, Mefistófeles, Greebo y You se fueran de farra con el Equipaje. Eso no va a ocurrir y ahora lo sabemos.

Me ha faltado más Eskarina. Tenía esperanzas de saber qué congojos pasaba con su hijo. Un poco de Susan tampoco habría estado mal, pero bueno.

Tengo la suerte de que aún me quedan libros suyos por leer, pero se me han quedado las entretelas a la virulé. Me lo voy a tener que leer otra vez, sabiendo ya lo que me voy a encontrar, cosa que espero contenga un poco la carga emocional.

Pues eso. No sé si pretendía escribir su propio epitafio, pero una auténtica declaración de últimas intenciones sí que ha plantado en este libro. No es mi preferido, pero va a ocupar un lugar especial por sus características excepcionales (toma eufemismo del año).

Y ya está. Eso es lo que tenía que decir. Con vuestro permiso, hijitos, tengo cosicas que escribir.

lunes, 7 de septiembre de 2015

De fracaso, talento y ciencia infusa

Hola, higadillos míos.

Para que os vayáis haciendo una idea.


Hoy sale a la venta La Suerte del Dios Hambriento. No voy a extenderme en lo que se siente cuando llevas toda la vida escribiendo y llega el día en que sueltas una de tus criaturas al mundo, esa mezcla de ilusión y vulnerabilidad a la que pertenece el pensamiento "ay, madre mía, que me van a leer". No. Hoy voy a dejar que hablen por mí, ya que es tontería intentar decir cosas que ya se han dicho como debían decirse.

Empecemos con J. K. Rowling. Esta señora que ahora está montada en la libra fue, en su momento, una madre soltera sin un penny viviendo en Reino Unido, que es uno de los peores sitios de la tierra para ser pobre sin llegar a ser homeless. No lo he encontrado subtitulado, pero bueno: dio un discurso bien majo en Harvard sobre hincar los codos, trabajar y ser consicente de que, igual que hay gente a la que le regalan el éxito saben los dioses por qué, lo suyo es trabajárselo. Habla de cómo el fracaso te da unos puntos de experiencia especiales. Ahí la lleváis.



Luego tenemos a Neil Gaiman, que sí lo he encontrado con subtítulos. Descubrid por vosotros mismos lo que hay que hacer si el gato explota.




Y, para terminar, una cita de Terry Pratchett:

You know what the greatest tragedy is in the whole world?... It's all the people who never find out what it is they really want to do or what it is they're really good at. It's all the sons who become blacksmiths because their fathers were blacksmiths. It's all the people who could be really fantastic flute players who grow old and die without ever seeing a musical instrument, so they become bad plowmen instead. It's all the people with talents who never even find out. Maybe they are never even born in a time when it's even possible to find out. It's all the people who never get to know what it is that they can really be. It's all the wasted chances.

"¿Sabes cuál es la mayor tragedia que hay en el mundo? Toda esa gente que nunca llega a saber lo que quiere hacer, aquello para lo que tienen auténtico talento. Todos esos hijos que se hacen herreros sólo porque sus padres eran herreros. Todas esas personas que podrían ser maravillosos flautistas, y crecen, se hacen viejos y mueren sin haber visto jamás un instrumento musical, así que en vez de eso trabajan como malos labradores. Toda esa gente que nunca llega a descubrir cuál es su talento. Quizá ni siquiera nacen en una época en que les sea posible averiguarlo. Es toda esa gente que nunca llega a saber que eso es lo que pueden ser. Son todas las oportunidades perdidas."

En todo eso es en lo que pienso hoy. En el día en que me di cuenta de que podía escribir mis propias historias. En el día en que las releí y me parecieron un horror. En el momento en que decidí que nadie nace sabiendo y que hay que currárselo para hacer las cosas bien. No te enchufan a una máquina y sales sabiendo kung-fu. No hay elegidos con superpoderes cósmicos gratis y las cosas no son fáciles. Currártelo e insistir. No rendirte. Nadie va a llamar a la puerta de tu casa en busca de tu talento. Si lo tienes, criatura, haz algo con él. Y, si la cagas, recuerda que cuando aprendiste a andar costó lo suyo.

Recuerda también que Sir Christopher Lee montó un grupo de metal con noventa años y un par bien puestos. Nunca es tarde.

Y ahora, si me disculpáis, tengo que ponerme a escribir.

jueves, 3 de septiembre de 2015

Urboja está al caer

Cuando empecé a escribir La Suerte del Dios Hambriento tenía claro que iba a ir de un dios que comiera niños. Fue de estas cosas que de repente coge forma y pide una estructura y unos personajes muy concretos, así que no tuve que hacer demasiado encaje de bolillos con ella. Sin embargo, durante mucho tiempo, el título fue una incógnita y lo llamé simplemente "Urboja". Recuerdo también que lo organicé a base de post-its de colores en el lateral de una estantería. Creo que todavía sobreviven algunos allí pegados.

Algo a tener en cuenta antes de empezar a leer el libro.

Curiosidades aparte, yo venía aquí hoy a dejar constancia de una entrevistica muy maja que ha aparecido publicada en la web de Sportula. Para leerla sólo tenéis que pinchar donde dice "pincha aquí para leer la entrevista". Venga, que no tiene pérdida, no es nada comparado con montar una silla del Ikea o hacer trasbordo en Avenida de América.



martes, 1 de septiembre de 2015

Nana de Rado y Vora





En el Thrais adoptaron gozosamente a la Enéada, ya que reconocieron 
en el Dios Azul y la Diosa Velada a Rado y Vora, sus dioses mellizos, 
los que tejen el tiempo a base de hilos entorchados 
con los sueños que recolectan en los niños de corta edad. 

Hay muchas canciones en el Thrais que hablan de ellos, pero quizá la más famosa sea la nana de Rado y Vora, que trata de persuadir 
a los pequeños para que se duerman lo más rápido posible. 
Esto es comprensible, ya que se cree que los niños dormidos están a salvo de Khardärago, el Dios Hambriento, a quien en Larda llaman Urboja; 
mientras los cachorros sueñan, Rado y Vora están cerca, 
y la temible deidad ávida no puede acercarse a ellos. 

Se cree, además, que el tiempo cesará si los niños dejan de soñar, 
ya que Rado y Vora no tendrán hilo con el cual dar forma a un nuevo año. 

Esta canción de cuna tiene tantas versiones como madres ha habido Arubase, pero todas empiezan de la misma manera...

 "Cierra los ojos y duérmete ya..."


lunes, 17 de agosto de 2015

De dioses, súcubos y hadas

Pues eso, tengo que comentar un par de cosas. No es que tenga mucho tiempo para escribir cosas aquí para que las lean cuatro gatos, así que seré breve.

La primera es que La Suerte del Dios Hambriento se cierne sobre nosotros. El lanzamiento será el 7 de septiembre y ya está disponible en preventa (en Amazon o Lektu) por si las ansias os corroen. 


La segunda es que El Tiempo de Viridia ha sido seleccionado como finalista en la VI edición de los Premios Atlantis, en la categoría de Ficción y Fantasía. Ya hace más de un año de su publicación y estoy muy contenta de que se haga mayor.


La tercera es que me he comprado un kindle y lo primero que me he echado al buche ha sido La Corte de los Espejos, de Concepción Perea. Qué pedazo de libro. Sinceramente, me lo pillé porque tenía la palabra "espejos" en el título y salía una pava con el pelo blanco en una portada azul, así que iba yo toda inocente sin saber lo que me iba a encontrar. He flipado en colores. He disfrutado como hacía mucho que no disfrutaba. Tiene todas esas cosas que me atan a un libro. Tarde o temprano me lo compraré también en papel sólo por el placer de abrazarlo.

Y con esto y un bizcocho, disfrutad de lo que queda de agosto, uno de los meses canónicos para leer delante de un ventilador. Ea.

jueves, 23 de julio de 2015

Lecturas no obligatorias: batiburrillo VI

Entrada programada con libros bonicos.

El conejete de la esquina es brutal.


Doneval, de Graham Dunstan Martin. Este viene envuelto en halo místico. Estaba en casa de mi prima, la cual no se ha caracterizado nunca por leer. Un verano que me pasé dos o tres semanas en el pueblo lo vi y lo fui devorando en las horas de la siesta. Está más que descatalogado y no me importaría que alguien me lo regalara (para cuando salga esta entrada mi cumpleaños estará al caer, EJEM EJEM...) Además he descubierto que tiene continuación, Favila. Si me queréis, traérmelo. Va de un chaval con cabras y sin poderes que se mete en un embrollo de narices y vive aventuras y cosas. No me acuerdo de más.

Disturbances hay muchas.




Trigger Warning, de Neil Gaiman. A ver, qué voy a decir yo de este hombre. Este libro de relaticos sigue su línea de caja de bombones rusos (nunca sabes si el siguiente relato va a dejarte en una nube todo el día o a perturbar tu sueño una semana). Mención especial para Click-Clack the Rattlebag y The Thing About Cassandra. Además, la portada es bestial.

 La portada de esta edición es un poco meh. 
Haced como que no la habéis visto.

Esperanza del Venado, de Orson Scott Card. El hecho de que la historia esté contada desde la voz de un personaje que no puede mentir ya da gustete. Tiene una de las malas más malas de todas las malas malosas que jamás osaron erigirse en antagonista. El tono es devastador de lo poético que es. A mí me puso bastante mal cuerpo, pero mal cuerpo del bueno, ya sabéis.

lunes, 20 de julio de 2015

De ficción, vida analógica y cosas que decir

Últimamente me prodigo poco en el proceloso mar de internet. Probablemente sea porque inivierto casi todas las horas de vigilia el océano de la vida analógica, con eso de trabajar y cobrar y tener vida social con personas que respiran y eso. Asomar el hocico fuera de la caverna platónica implica pasar un poco de las sombras chinescas, qué le vamos a hacer.

Venía yo a desbarrar un rato sobre el papel de la ficción en la vida. Sí, en la analógica. Como me he metido yo solita en un berenjenal de nivel 30 empezando a escribir una historia sobre los límites morales en situaciones límite ahora tengo que ver qué hacer con esos límites y me siento un poco rara forzando esas situaciones límite ficticias. ¿Debería? ¿Es la ficción el laboratorio donde experimentar en simuladores qué podría pasar en tal o cual caso, e identificar ciertas señales chungas en el mundo real? Yo tengo claro que no quiero un mundo donde los niños se crían en botes gracias a Aldous Huxley, por ejemplo. ¿O debemos evitar menear ciertas cosas no sea que a alguien se le ocurra la brillante idea de ponerlas en práctica, como decía mi bisabuela que pasaba con las películas de crímenes?

De un tiempo a esta parte, con la adultez, la vejez y los achaques cerebrales asociados, tiendo a pensar que de haber un lugar seguro en este plano ése es la ficción. Es el único sitio donde puedes contar con que las cosas puedan salir bien o tengas la oportunidad de salir vivo si las posibilidades son de una entre un millón. Eso no pasa en la vida real. ¿Debería la ficción entrenarnos para la vida real u ofrecernos solaz y refugio frente a ella? ¿Debe hacer las dos cosas?

 ¿Un muro protector o una Sala de Peligro?

Aparte de las preguntas retóricas de Schrödinger que jalonan mis sesiones de escritura he de comentar que, además de la irrupción de Urboja próximamente, hay otro librico que asomará su hociquito potencialmente en primavera. Tiene otro público y habla de la identidad, mayormente. Ya os contaré cosicas, ya. También quiero apuntar que uno nunca escribe tanto como cuando tiene algo que decir. Es la perogrullada del año, lo sé, pero me fascina cuando las perogrulladas se cristalizan a niveles místicos. 

Pues eso. Leed. Ya caerá algún batiburrillo programado para despertar vuestras ansias lectoras.

lunes, 1 de junio de 2015

Lecturas no obligatorias: Londres

Hola. Soy una entrada programada que va sobre libros donde Londres tiene un papel y sobre libros donde los autores pretenden que las ciudades tengan un papel y les queda un reportaje cutre del canal Viajar.


La Bestia de Londres os acecha.


Neverwhere, de Neil Gaiman. Me parece el mejor libro sobre esta ciudad ignominiosa que jamás se haya escrito, básicamente porque va de la ciudad de verdad. Va de aquello en lo que la ciudad te convierte y del alma oculta de maravilla decadente que la habita. Encuentra la historia detrás de lo cotidiano, y no es cualquier historia, es mitología de la buena. Además tiene a Croup y Vandemar, que personifican tanto espíritu londonita que es imposible no tenerles miedo.

Ankh-Morpork, de Terry Pratchett. No es un libro, ya. Cualquier novela de Mundodisco donde asome el hocico la ciudad te está hablando, en cierto modo, de Londres, sin decirte todo el rato que mira, que te estoy hablando de Londres.

De Dickens me he leído algún cacho de Oliver Twist y puedo decir que retrata de forma atemporal lo que es no tener un duro en este pueblo y que te exploten. 

Sinceramente, me da una pereza indecible leerme libros que me van a sumergir en tal ciudad o en tal época (quizá por eso me repatea el hígado la novela histórica), porque a mí lo que me suele enganchar es la historia y las ambientaciones que van orientadas a la inmersión tienden a cansarme. Me importa una mierda en qué parada de metro se baje Paco o dónde quede con Puri si eso no es relevante para la historia. El sacar sitios típicohistóricopastoriles sólo por "ambientar" me aburre un huevo y parte de la gallina potencial. Con Toledo lo hacen mucho (y ya si se ponen esotéricos es para repartir galletas a dos manos) y me dan ganas de matar cuando te van contando por qué calle pasan los personajes para llegar al bar. De Roma o París ya ni hablamos. Escribir un libro donde una ciudad sea la protagonista es muy difícil y casi todos los intentos que he leído han acabado aburriéndome soberanamente. Ese ansia de "¡Eh! ¡Que está pasando aquí! ¿Ves? ¡He usado un enclave típico! ¡Fui este verano y vi un bar escondido que ahora estoy mencionando para que quede real! ¿A que mola?" donde me sumerge es en un documental cutre del canal Viajar.

Bonus: ¿Queréis escribir una historia ambientada en Londres? Meted a los personajes en el metro una hora por cada trayecto. Haced que se encuentren con Engineering Works cada fin de semana. Llevadlos al parque cada vez que salga el sol. DA IGUAL EL PARQUE. El parterre de enfrente del supermercado vale. Y no les compréis un paraguas, porque al final no los usa ni dios.

lunes, 18 de mayo de 2015

Historias de la abuela cebolleta: LA película

La primera película de El Señor de los Anillos salió cuando yo tenía diecisiete años. No sé, hijitos, si sabéis cómo era el panorama antes. Ahora estamos acostumbrados a ver series de fantasía en la tele (bien hechas), a que saquen películas frikis cada poco y a que los mundos fantásticos sean una cosa normal. En aquellos tiempos había mucho desconocimiento. Ya sabéis, los que leen libros de ese palo juegan también al rol y matan gente porque nos apetece que correlación implique causalidad y así no tengamos que pensar excesivamente.

 Anda que no mola ni ná.

A pesar de la aberración que es El Hobbit como adaptación (si la ves pensando que no tiene nada que ver con el libro ni con Tolkien tampoco canta tanto), hay que agradecerle a Peter Jackson que acercase al gran público (incluyendo mi abuela, por ejemplo) la fantasía a esa escala. Permitió que se convirtiera en políticamente correcto que la fantasía mola. Así, los "tímidos" que no querían admitir que les iba el rollo pudieron subirse a la ola sin miedo a ser raros o algo. Antes la literatura juvenil tenía, mayormente, dramones familiares o intrigas pseudopoliciacas. La fantasía se veía un poco como de niños o de raros. A partir de aquí el sector editorial se desmelenó con espadas, elegidos y malos malosos.

Antes de esto, por cierto, no se había popularizado el término "friki". ¿Cómo llamábamos a los frikis antes del siglo XXI? 

Mi entorno no era friki en absoluto. Más tarde conocí a gente que había tenido amigos con los que compartía intereses literarios y de ocio en la adolescencia y flipé bastante tratando de imaginármelo. Además soy bastante introvertida y -esto que voy a decir no está relacionado con la introversión- lo de conocer gente nueva lo llevo mal. Bueno, pues la película de marras hizo que ese entorno en principio "hostil" se... Convirtiera. Como San Pablo deslumbrado camino de Damasco. Recuerdo pensar "hala, esto ahora se va a difundir mogollón, voy a poder hablar con mucha más gente de libros con espadas y magia, qué guay". Hubo un boom que disfruté como una codorniz. Novedades y novedades editoriales, más "pelis frikis", oigh, felicidad. 

Porque, claro, más gente conoce el rollo y le gusta, más público objetivo tiene el rollo para venderse, más rollo te ofrece el mercado. Abre las puertas a que la peña se flipe y queriendo subirse al carro salgan aberraciones, pero qué más da. Para eso está el criterio. Estuvo muy claro el antes y el después del estreno de La Comunidad del Anillo.

Fue un puente. Mucha gente saltó de ella a devorar libros de fantasía y a fliparse con el tema felizmente. Y fue entonces cuando ocurrió algo que me dejó el pericardio a la virulé: había lectores pre-película que miraban a esos nuevos forofos como advenedizos. Con el tiempo entendí/deduje que igual el hecho de que se extendiera su pasión los hacía menos únicosyespeciales y les daba mal rollo. Yo, que había vivido en una isla creada gracias a que había libros "por mi casa", vi la peli como una luz en la niebla para quienes no sabían que el género existía y gracias a ella pudieron descubrirlo y disfrutarlo en condiciones. Pude compartir (por fin) puntos de vista y opiniones absolutamente subjetivas.

Así que le debo cosas a esta peli. Y mola. Toma opinión subjetiva.

sábado, 16 de mayo de 2015

Lecturas no obligatorias: batiburrillo V

Soy otra entrada programada con libricos bonicos.

Además la portada es inquietante.


La gata con alas y Regiones devastadas, de Enriqueta Antolín. Va de una adolescente en el Toledo de posguerra. Hale, a correr. No es que pase nada, pero el cómo no pasa nada te cuenta más cosas que una mera introducción-nudo-desenlace.  Estos también estaban por mi casa y me leí el segundo antes que el primero. Qué pasa. Soy una tía chunga. 

 Hola, Marat.

El Ocho, Katherine Neville. Es un best-seller de los noventa que me encandiló porque incluía mis chuches lectoras preferidas: personajes a cascoporro en dos líneas temporales distintas y gente que resulta ser otra cosa (y que no vi venir). Me entretuvo mucho. Además había monjas bad-ass. Sí, también estaba por mi casa. 

 Sabíamos que las barbas volverían a estar de moda.

Leyendas del Próximo Oriente Antiguo. Featuring el Enuma Elish y el Gilgamesh, esto llegó a mi casa y dije "huy, qué pinta de mitos tiene". Va de mesopotámicos haciendo el mesopotámico. Lo recomiendo encarecidamente para adolescentes que no saben qué se van a encontrar. Entregar con una sonrisa perversa. ¿Querías viaje del héroe? Toma viaje del héroe e inundaciones.

jueves, 14 de mayo de 2015

Estaba por mi casa

Soy una entrada programada que ha nacido tras la programación de las entradas de "batiburrillo". Muy pronto dominaremos el mundo y estableceremos nuestra propia jerarquía programada. 

He escrito varias entradas con libricos bonicos y he caído en que muchos de ellos "estaban por mi casa". No he tenido que ir a buscar libros porque los libros estaban ahí para mí, esperándome con los brazos las tapas abiertas para acogerme entre sus párrafos. Eran un recurso de ocio al alcance de la mano sin clasificación por edades. Sin supervisión. Todo el poder de decisión era mío. Esta clase de libertad en tu infancia, cuando hay tantas cosas que tienes prohibidas porque eres "pequeño", vale oro.

Mis padres tenían la casa llena de libros. La siguen teniendo, de hecho. Medio mueble (mueble ochentero) del comedor está lleno de libros y hay otras dos estanterías para libros también cuajaditas de posibilidades. En el cuarto de mis padres hay libros. El estudio de mi padre está hasta arriba de libros. Y yo tenía permiso para coger cualquiera de ellos en cualquier momento.

Este es mi concepto de decoración de interiores.

No podemos criar lectores si no les dejamos libros a mano. Es como intentar criar jinetes sin tener caballos. 

Pongamos que en una casa no hay libros pero el niño le coge el gusto con los cuentos del cole. No, madre aterrada, no desencajes tus ojos pensando que los cuentos son muy caros y vas a tener que rascarte el bolsillo. Hay un lugar maravilloso llamado biblioteca donde hay libros a patadas, son gratis y hasta de dejan llevártelos a casa. ¿Vives a tomar por saco en un pueblo en mitad de la nada? Vaya. ¿No hay bibliobús? ¿Seguro? Entonces ya puedes ir a la puerta del ayuntamiento a llorar gritar pedir que abran una biblioteca (algo chiquitito, una salica aunque sea, creando además uno o dos puestos de trabajo, fíjate lo que te digo) o llegue el citado bibliobús. ¿Que aun así no hay presupuesto? Si estás leyendo esto es que tienes internet. En la Biblioteca de Castilla-La Mancha, por ejemplo, tienen préstamo de ebooks, que se hace por internet. Y no ocupan sitio.

No lo pone en ninguna parte, pero leer debería ser un derecho. En papel o en pantalla. Derecho a saber, a imaginar. Yo lo tuve muy fácil, pero sé que no es así en todos los casos. Todo el mundo debería de poder tener libros a mano.

miércoles, 13 de mayo de 2015

Alfalfa, hierbajos y jardines

Hace tiempo hablé de cuánto que me tocaba las vísceras innombrables que viniera el primer advenedizo de turno a señalarme fallos sin tener ni puñetera idea de escribir por pura mala baba y la diferencia que había con que lo hiciera alguien que sabe de lo que habla. En este mar de cuñados ansiosos de alfalfa que se creen que por haberse sacado la ESO son capaces de opinar sobre calidad en materia de textos, como si eso fuera equiparable al que le haya gustado o parecido un horror, siempre está bien encontrarte con alguien que habla con conocimiento de causa. 

Encontré este blog después de haber intentado leerme un libro muy loado que tuve que dejar a las sesenta páginas porque me estaba muriendo del tedio. Era un libro que empezaba con un Empanao haciéndole preguntas a un pavo como excusa para explicarnos el sistema mágico de ese mundo. Durante treinta puñeteras páginas (más o menos, no me acuerdo, se me hicieron eternas). Aquello parecía un manual, le faltaba decir cuántos dados de cuánto tenía que tirar para ver cómo de recta le salía la raya. 

Busqué críticas y sólo encontré reseñas (hordas de reseñas) en plan "el libro es bueno porque me ha gustado". 

 Así me imagino a la gente que reseña cosas.

Ajá. Rezumando criterio por todas partes. Entonces, google me obsequió con una crítica que me daba la razón y, espoleada por el gustete que da que te digan lo que quieres oír, leí más críticas. Me tronché viva. Y aprendí cosas, que es algo que siempre mola (no sabía yo que el "received text" se llama "received text", yo lo identificaba como "expresión más vista que el tebeo"). Además las críticas van a mala leche, pero teniendo razón. Con ejemplos y argumentos y cosas de esas en vías de extinción. Como estoy muy hartita de la corrección política, me engancharon.

Llegó un momento en que, después de leer bastante vivibliosecciones*, pensé "pues no me importaría que esta gente me corrigiese cosas, ya que saben de lo que hablan". Mira por dónde, ahora es posible, porque han abierto un servicio de correcciones. Sale un gatete en la entrada. Eso ya mola. Parece que así va a doler menos que te destripen los párrafos hasta el último sintagma.

Que no sólo de ortotipografía vive el homínido, leches. Que está bien que te digan las cosas con gracia y te expliquen tus errores gloriosos. Te puedes ir luego al rincón de llorar o aprovechar y, ya que explota el gato, make good art

Como sé que hay quien se pierde con los enlaces metidos en el texto, lo pongo fácil:


*Me acabo de inventar esta palabra. Me divierte inventarme palabras**. Esta palabra ni existe ni es correcta. Si la usas, es bajo tu responsabilidad.

**No es la primera palabra que me invento y uso en el blog, siendo consciente de que me estoy inventando. Porque ME DIVIERTE.***

***¿Pasivo-agresiva, yo?


martes, 12 de mayo de 2015

Libros de señores muertos: Niños que se crían en botes

Soy una entrada programada. Se acercan las elecciones y, en fin, hay libros que no me puedo quitar de la cabeza.

Esto es una adolescente que coge un libro de la estantería y su visión del mundo se expande. 


Se lo pienso regalar a todos mis sobrinos al cumplir doce años.
Mis hijos lo tendrán junto a los de Neil Gaiman antes de echar los dientes.

¿Qué se puede decir de esto? Va de niños que se crían en botes y de una sociedad que, de aborregada, no da problemas. Se han inventado un sistema de castas así de buen rollo, con base biológica, en la que los clones viven felices con su cerebro lavadito con perlán sin cuestionarse nada. Esa es la gracia, que no se cuestionen nada. Las cosas son así y punto. Las personas ya no son personas, no tienen lo que las personas tienen (inquietudes, idas de olla, sentimientos y tal) sino que viven drogadas cumpliendo con sus obligaciones y refocilándose. Los humanos son más cosas que personas. Como decía Yaya Ceravieja/Terry Pratchett, el tema se tuerce cuando se empieza a considerar a las personas como cosas.

Esto sí que debería ser leído en todas partes. Aparte del puntazo del adjetivo "neumática", este libro remueve. Puedes estar de acuerdo con unas cosas y con otras no, o no saber qué piensas, lo cual te obligará a pensar sobre ello y a forjarte un criterio, que es una cosa que te la tienes que cultivar tú ya que no la venden en el Mercadona. Y eso no tiene precio: encontrar dudas que no sabías que tenías te hace crecer.

domingo, 10 de mayo de 2015

Lecturas no obligatorias: ¡Huid, insensatos!

Bueno, pues esta es otra entrada programada con libricos que a pesar de estar muy bien escritos y demás te dejan mal cuerpo con sensación de "para este viaje no necesitábamos alforjas" o "qué mierdojones me estás contando". Si queréis sufrir, adelante, todos vuestros. Vais a sufrir muy bien. Están escritos para sufrir. Si no necesitáis cuarto y mitad de mente enferma contando su vida, os recomiendo que salgáis por patas. Como si un Balrog quisiera enseñaros su cosplay de Indiana Jones.



Es que veo la portada y me tiembla el párpado.


El Polillero The Collector, de Fowles. Este señor debía de tener mucho lado oscuro que exorcizar escribiendo ya que escribió El Mago además de esto. Me lo tuve que leer en la escuela de idiomas en inglés, así que técnicamente es una lectura obligatoria, pero qué más da. Qué aberración. Qué agonía. Lo hubiera tirado por una ventana si no hubiera tenido que hacer un comentario de texto. No necesito que El Mal me cuente su vida y que encima termine como termina. No. Ni con un palo. Con mando a distancia.



Estoy empezando a ver una correlación entre títulos chungos y esta editorial.



Lolita, de Nabokov. Este va de un pederasta con traumas infantiles. Así, sin más. Es muy conocido y hay películas varias y a mí me pone mala en cualquier formato. Si queréis meteros en la piel de un pedófilo oligofrénico, es todo vuestro. Por cierto, NO ES UNA HISTORIA DE AMOR. EN NINGÚN UNIVERSO.

Los extravíos del colegial  Törless, de Robert Musil. Va de un chaval en un internado militar cuyos compañeros se divierten en su tiempo libre a base de sadismo y todo va de vergüenza y de pecado y de mal rollo y de auto-represión y yo acabé con ganas de matarlos a todos por los bocatas de autoengaño que se tomaban para merendar.

viernes, 8 de mayo de 2015

Lecturas no obligatorias: batiburrillo IV

Esta es otra entrada programada, bla, bla, ya sabéis de qué va el tema. Va de libros que te dejan con mal cuerpo pero un mal cuerpo que da gustete, en plan "qué bien me ha hablado este autor de cosas muy difíciles de decir, haciéndome pensar así sin meterlo con calzador".



Yo con esta portada me imaginaba mozos retozando en el arroyo.



Nunca me abandones, de Kazuo Ishiguro. Vamos a ver. Este me lo cogí de la biblioteca un verano junto a otra montaña de libros bajo la premisa de "cosas ligericas que no me hagan pensar". El título me hizo creer que sería una historia de amor que acabaría bien. Me caí con todo el equipo. Estrepitosamente. Disfruté muchísimo la lectura, sí, pero me dejó muy revuelta. Buf.



Joder, me acabo de dar cuenta de que es de la misma editorial que el anterior.



El Mago, de Fowles. Si os queréis rayar antes de que os rallen cual zanahoria, este es vuestro libro. Santa Ruguedarcina del Patatús. Esto estaba por mi casa y dije "anda, un mago" y acabé alucinando poliedros. Han pasado como diez años desde que lo leí (pensaba yo que iba a haber un mago, je, inocente de mí) y sigo preguntándome "WTF?" cuando lo veo en la estantería. Igual debería releerlo...



A cualquiera puede pasarle cualquier cosa y es mejor estar preparado.



El Dios de las pequeñas cosas, de Arundhati Roy. Otro que estaba por mi casa. Te deja los entresijos al bies desde el primer capítulo. Incluye niños y es una de esas novelas en los que los niños no son ficus que lloran de vez en cuando, sino que disfrutan de su vida interior y piensan y esas cosas que a la gente, cuando se pone a escribir, se le olvida que los niños hacen. Es tremenda.

miércoles, 6 de mayo de 2015

Lecturas no obligatorias: batiburrillo III

Esto es otra entrada programada entrando en el bombo del azar. Como las anteriores, va de libros bonicos por una razón u otra.


Además la portada es TAN bonita...

La música del silencio, de Patrick Rothfuss. Este libro no me lo encontré en ninguna estantería, lo fui a compar en cuanto pude con ansia viva y no me equivoqué. Va de buscar la armonía. El personaje principal tiene vida interior para una saga entera. No hay batallacas ni universos en peligro y aun así el conflicto se trata mucho mejor que en cienes de pinículas taquilleras con explosiones y cosas. Hay un capítulo, el más corto, que espero que pase a la historia como el capítulo capaz de encogerte el alma con menos caracteres.

La portada, por una vez, se corresponde con el interior.

Los Dones, de Ursula K. Le Guin. Iba por la biblioteca en modo "sorpréndeme, estantería" y el título me llamó la atención. No había leído nada de esta mujer (vergüenza sobre todo lo bovino de mi clan) así que me lo llevé felizmente a casa y me lo zampé en dos días. Va de crecer y descubrir cosas de uno mismo, pero bien. Sin el verdadero significado del invierno o el amor verdadero o másdelomismos similares. Tiene personajes adolescentes que no dan ganas de matar. Me llego a leer esto con catorce años y doy palmas con las orejas. Es el primero de una trilogía y los otros dos volúmenes siguen esta línea, siendo cumpletamente diferentes. Venga, que me lo quitan de las manos.



Si lo veis en un mercadillo o una librería de viejo lleváoslo a casa.



El señor de la danza, de Robin Lloyd Jones. Otro caso de libro que me encontré por mi casa y no lo solté en varios días. Va de un inglés cuya novia está en un leprosario que se va de farra por la India con su colega sacerdote disfrutando de la gente. Si tienes alguna fantasía idealizadora de vivir con lo mínimo a lo medieval, recomiendo este libro. Está ambientado a finales del XVI, pero es extrapolable. Incluye miseria por un tubo y a la vez es tremendamente poético. Hay un personaje desgarrador desde que aparece, llamado Damayanti, que es probablemente el que más me ha puesto las entrañas a sotavento en la vida.

lunes, 4 de mayo de 2015

Lecturas no obligatorias: batiburrillo II

Esto es una entrada programada. Va de libros que molan y te dejan con regustillo bueno cuando los lees.


Luego te pasas un mes acojonada cada vez que oyes campanas.

Amarintia, de Fernando Martínez Gil. Va de unos cruzados que se encuentran con un bosque y uno de ellos se hace el chulito y se interna bajo los árboles a pasar la noche. Fantasía de la buena, señores, que me lo quitan de las manos.


Mirad qué edición tan bonica.

La Ilíada, de "Homero". Este me lo tuve que empollar en primero de carrera, pero tenía ganicas de leerlo desde antes, así que no la considero obligatoria. Más allá de si Homero existió o no y del batiburrillo de sistemas bélicos de seis épocas distintas que salen en la misma guerra, esto va de ser cabezón y arrancarle las tripas al enemigo. Está bonico para leer cuando estás harto de tus semejantes y quieres sangre. Además queda como ejercicio intelectual y todo, así para disimular que estás disfrutando con la carnicería.


Esta edición, además.

Cita con Rama, de Arthur C. Clarke. Este estaba por mi casa y me lo leí en algún momento de la ESO. Es una rayada sobre un cacharro que aparece paseándose por el sistema solar pasando un kilo de las personas humanas. Me gustaron el final y el punto del parapente. No recuerdo mucho más aparte de decir "jo, cómo ha molado" al acabármelo.

sábado, 2 de mayo de 2015

Historias de la abuela cebolleta: bisontes en el gotelé


Hola. Soy una entrada programada.

Cuando yo tenía veinte años no había e-books. Los móviles no tenían internet. Internet, de hecho, no se daba por sentado: era una cosa que conseguías mediante el cable del teléfono, que implicaba ruidos que parecían mensajes cifrados alienígenas y que no se podía simultanear con hablar por el fijo. Las fotos se cargaban franja por franja y a veces petaba la cosa antes de que se cargasen enteras. Las gilimoñeces que ahora se comparten por facebook (que no había facebook, hijitos) te las mandaban al correo, cuyo rey era hotmail. El medio de comunicación era el messenger. 

 Nos faltaba pintar bisontes en el gotelé, pensaréis. 

Qué cojoleches tiene esto que ver con escribir, os preguntaréis. Pues mucho. Mi forma de enterarme de las últimas novedades era irme a la Fnac y pasearme por los montones. Si quería libros, tenía que gastarme un mínimo de ocho pavos por libro, si daba con ediciones en rústica de los lanzamientos de hacía dos años, o ponerme en modo ansia viva y rellenar desideratas en la biblioteca para que los comprasen. No había siete millones de blogs (de hecho blogger creo que ni existía, o si existía no era lo que conocemos hoy) reseñando libros ni mucho menos "booktubers" básicamente porque no existía youtube. ¿Os imagináis un mundo sin youtube? Los videoclips los conocías por los 40 principales.


Mi primera obra no cabía entera en uno de estos.

La gente que publicaba lo hacía en papel. No había diez mil millones de resultados si buscabas en internet "editoriales que aceptan manuscritos". No había amazon para autopublicarte si querías tirarte a la piscina. Apareció, un par de años después, la opción de lulu o de bubok, que implicaban palmar pasta. Cuando eres estudiante lo que menos tienes es dinerito fresco para estas cosas. Hasta daba cosa imprimir y encuadernar por el sajamiento bolsillil que producía, ya fuese en copistería o en sangre de unicornio reticulado, digo, tinta de impresora.

Publicaba mucha menos gente y había mucho menos donde elegir. Hoy tenemos un buffet libre de publicaciones, digamos que se ha democratizado el tema. Pongamos que quien no publica ahora es porque no quiere. Hoy día puedes publicar a coste cero en digital sin intermediarios. Me llegan a decir eso hace diez años y doy palmas con las orejas. Sin embargo, me alegro de que no fuera así, porque puede que hubiera publicado ciertas cosas que bajo mi criterio de aquel momento molaban mucho y bajo el actual necesitan una limpieza con chorro de arena. En mi caso ha sido una ventaja haber tenido que esperar.

Es como las fotos. Las cámaras digitales estaban empezando a ser asequibles. Antes, te pensabas bastante el encuadre y demás antes de disparar, porque el revelado había que pagarlo y el carrete también. Ahora hacemos seis millones de fotos con el móvil a coste cero y si salen potrosas da igual porque las borras y ya está.

Me estoy yendo ya del tema, que es parte de la gracia del abuelicebolletismo. Lo que vengo a decir es que me da la sensación de que la gente dispara mucho sin encuadrar del todo, porque es fácil y gratis. Que, aunque sea fácil y gratis, eso no implica que tenga que ser cutre ni que dé igual que sea cutre. Que no deberíamos descuidar la calidad. Cuando las cosas dejan de ser difíciles parece que las valoramos menos y no debería ser así. Deberíamos respetar lo que escribimos y no lanzarlo a la palestra sin haberlo preparado antes a conciencia.

Por todos esos libros bonicos que están esperando ver la luz: permitamos que maduren antes de arrancarlos del peral para que sean todo lo que pueden ser.

A los olmos, que los hay, no les vamos a pedir nada.