miércoles, 29 de abril de 2015

El amor-dor

Estoy hasta los higadillos de la exaltación de las relaciones tóxicas en la ficción. 

Todo esto viene del trauma que me cogí viendo un tráiler de una peli de Madame Bovary donde la llamaban "historia de amor". Vale que Flaubert no lo estaba exaltando, pero parece que el iluminado del tráiler sí. Además últimamente están echando un anuncio para concienciar a la juventú de que el control obsesivo por wasap no es romántico y quiero sumamarme al tema.

De esto va la Bovary: de ser egoísta.


Manipulación, mentiras, medias verdades, sumisión inconsciente, gilipollismo máximo... Todo eso se va colando amparado por aquello de que, sin conflicto, no hay historia. Tenemos un poco confuso eso del conflicto, qué es y con qué se riega. La música del silencio es el ejemplo perfecto de conflicto bien entendido, sin caer en el manido A contra B. En la literatura romántica muchas veces se cae en A contra B. En otros géneros, también. Y yo me tiro de los pelos, porque es algo que se basa en mentiras tan gordas como "los amores reñidos son los más queridos", "quien bien te quiere te hará llorar" y despropósitos semejantes que nos han enseñado que el amor es "de sufrir". 

¿Ejemplos? Crepúsculo enterito (¡Los celos molan! Si tiene celos de los helechos que te rozan en el sembrao es que te quiere). Las cincuenta sombras, cuyo peligro radica en que lo tratan como la biblia de la mujer liberada. Toda la pelotera de Idhún, virgen satísima del polímero, no hay por dónde cogerla (el rubiales traga con una cantidad de mierda por "amor" que podríamos abonar de los Cárpatos al Campo de Calatrava).

Todo ese juego de me molas, te doy celos, me das celos, no te digo lo que hay, mentiras entre medias, no te dejo hacer x porque te quiero, ven tonto/a que te va a gustar... Todo eso es conflicto puro. Conflicto, sí; amor, no. Es material de primera para novelas, claro. Novelas chungas. No "de amor". Se puede usar bien (como Flaubert) o se puede entender no como conflicto sino como conflicto deseable. Y se enaltece. Y ahí es donde a mí se me ponen los higadillos del revés.

Sobre todo con el "ven tonto/a que te va a gustar". Olé, violaciones encubiertas. No, mira, no es NO. Y querer "sí" pero decir "no" para no quedar de ¿salido/a? es otra aberración con patas y neones. No, no tienes derecho a tener impulsos. Lo suyo es que venga alguien y te... Convenza. Toma mensaje.

Luchar por el amor no es enrollarte con un drogadicto que te roba y al que le importas una mierda y "salvarlo" a costa de tu salud, por ejemplo. No es aguantar a una tía que critica todo lo que haces y no te deja salir con tus colegas porque ella no tiene amigas y no tendría a nadie si la dejas. No es aguantar las humillaciones del/la más molón/a del instituto porque, sabes, en el fondo crees que es buena persona aunque te trate como una bolsa de basura. No. Eso son historias muy buenas si quieres hablar de cómo nos cegamos cuando no queremos ver la realidad como es. No son historias de amor.

Luchar por el amor es, por ejemplo, luchar porque sea legal que te cases con quien quieras independientemente de su color de hoja. Es huir a un país donde es posible y tener que enfrentarte a las dificultades de ser un ficus nuevo en un país de albahaca. Es sobrevivir en un entorno dickensiano compartiendo un huevo frito porque no tenéis nada más para cenar sin torturaros mutuamente para exorcizar vuestras frustraciones. Esas son historias de amor.

Estaría bien que dejaran de vendernos historias de maltrato y autoengaño como historias de amor. Es una de las cosas que he intentado tocar en La Suerte del Dios Hambriento. Qué es el amor. Y qué no es.


martes, 28 de abril de 2015

Erreerreese-eses

Yo donde me siento en mi salsa es aquí soltando mis soliloquios felices (y sé que hay quien entra aquí y los lee, eso o me chotean las estadísticas de blogger) pero visto que el mundo se ha organizado así os recuerdo que digo cosicas también en...



Ea. Pues eso.

lunes, 27 de abril de 2015

La Suerte del Dios Hambriento



Trevia es la única persona que ha entrado en Kargen y ha vuelto para contarlo. Pese a haberse retirado hace ya tiempo, no puede evitar asumir la responsabilidad de acabar para siempre con la mayor amenaza para los niños de Larda, Veria y el Thrais: Urboja, el Dios Hambriento. Así, a regañadientes, se embarca en la que espera que sea su última empresa… y que podría serlo en un sentido muy distinto al que desea.

Jugando con habilidad con los clichés de la fantasía épica clásica y la estructura del «quest», M. C. Arellano construye una historia sólida y con personajes creíbles en la que la reflexión va de mano de la aventura. No es la paz lo que espera al final del viaje del héroe, ni su grial la resplandeciente Verdad que nadie refuta. Tal vez solo sea la libertad de criterio, incómoda y molesta, la recompensa por realizar la tarea que nadie más está dispuesto a emprender.

¿Dónde y cómo lo leo?

La Suerte del Dios Hambriento ha sido editada por Sportula. 





¿Qué dicen los lectores?


En Goodreads


La Suerte del Dios Hambriento ha sido nominada
para los Premios Ignotus 2016 en la categoría de novela corta.

Nana de Rado y Vora

En el Thrais adoptaron gozosamente a la Enéada, ya que reconocieron en el Dios Azul y la Diosa Velada a Rado y Vora, sus dioses mellizos, los que tejen el tiempo a base de hilos entorchados con los sueños que recolectan en los niños de corta edad.

Hay muchas canciones en el Thrais que hablan de ellos, pero quizá la más famosa sea la nana de Rado y Vora, que trata de persuadir a los pequeños para que se duerman lo más rápido posible. Esto es comprensible, ya que se cree que los niños dormidos están a salvo de Khardärago, el Dios Hambriento, a quien en Larda llaman Urboja; mientras los cachorros sueñan, Rado y Vora están cerca, y la temible deidad ávida no puede acercarse a ellos. 


Se cree, además, que el tiempo cesará si los niños dejan de soñar, ya que Rado y Vora no tendrán hilo con el cual dar forma a un nuevo año.


sábado, 25 de abril de 2015

Libros de señores muertos: Lovecraft en los tiempos del álgebra

Esto es una entrada programada.

Después de leerme El Señor de los Anillos y alucinar chirivías con ziritione de una forma tal que me cambiaría la vida, decidí que coger libros aleatoriamente en las estanterías de novelas de mi padre sería una fuente de diversión inagotable, así que abracé mi nueva afición con entusiasmo. Mi padre, que también se ha pasado siempre por el forro de la ternera la clasificación por edades, me recomendó uno de ellos, La narración de Arthur Gordon Pym. Va de unos señores en un barco a la deriva y no queda ni el apuntador. Era 1997. Me lo pasé pipa leyéndolo y quise más. Había otra docena de libros con el mismo formato en la estantería, así que los fui cogiendo aleatoriamente a ver qué tenían, aparte de portadas setenteras inquietantes.

Casi todos eran de un tal Lovecraft. Molaban porque tenían un montón de relatos, así que empecé a irme al índice y a leer en un orden ácrata los que me iban llamando la atención por su título. Había de todo. Uno de mis favoritos, que releí hasta casi aprenderme de memoria, se titulaba Las ratas de las paredes e incluía cosas oscuras enterradas en los cimientos del hogar. Había otro de un tío que se despertaba en el cuerpo de un bicho troncocónico con patas en el vértice, que me imaginé como un pirulí envuelto en el papel de ferrero rocher. Había otro tremendo de un muerto capaz de usurpar el cuerpo de un vivo que acojonaba bastante. Iba todo de secretos encerrados en sitios que más nos valía a todos dejar en paz. 



Portadas curradas de este palo


Tener doce años y leer estas cosas tiene mucha lógica. Es la edad a la que empiezas a darte cuenta de cosas y los secretos que hay a tu alrededor empiezan a tornarse reales. Tus mayores tienen un pasado. No es que vayas a descubrir que tienes un hermano mayor en el desván que se alimenta de sardinas, pero la sensación es la misma. El relato de la tía Sarah, cuyo título no recuerdo, parecía tremendamente plausible.

Con el tiempo incluso me leí los prólogos y algo de su vida, descubriendo que estaba trastornado y tenía unas ideas muy raras. No es el tipo de persona con la que te habrías ido a echarte una horchata. Sus relatos siguen dando coseja. Es el tipo de cosa ideal para leerse cuando sientes que la realidad te está estafando, con once años o con treinta y seis.

jueves, 23 de abril de 2015

Primeras páginas de "El Tiempo de Viridia"


Feliz día del libro.

I. EL PIRATA, EL ARQUERO Y LA VIRGEN DEL CLAN

Las ceremonias tradicionales del Clan habían dejado hace mucho tiempo de tener gracia para ella. Los alicientes principales, el vaporoso vestido blanco y las flores en el pelo, ya no le hacían la ilusión de antes. Verse envuelta en las amplias telas claras calzando zapatillas de seda había acabado siendo una total tortura y empezaba a preguntarse a qué clase de Ancestro le parecía grato tener a cien personas aguantando una salmodia de pie, al sol, delante de un altar de piedra con símbolos inscritos. La palabra “sádico” había cruzado por su mente varias veces, pero no quería pensar en ello.
Tenía quince años y estaba harta de todo. Se suponía que dentro de muy poco iba a dejar de ser una niña para convertirse en una Doncella; que aprendería las lenguas antiguas y se soltaría el pelo para que todos pudieran ver que estaba disponible para el matrimonio. Su tía ya tenía un par de candidatos, pero ella no quería ni oír hablar del tema. No le apetecía lo más mínimo casarse, ni criar hijos. Había visto crecer a muchos de sus primos, y aguantar esa pesadilla no le atraía en absoluto.
Pertenecía a un Clan matriarcal, heredero de antiguas costumbres ya en desuso; su bisabuela había sido una de las últimas en prolongar el estertor de su cultura gangrenada. Ahora su abuela, a pesar de haber sido la menor de sus hijas, regía el Clan en voz baja y sin ejercer demasiada autoridad, incómoda en el papel que le habían asignado. Muy probablemente, la siguiente sería su madre y después... Ella. No tenía intención de tomar el testigo. Si de ella dependiera, dejaría vacíos los altares de piedra, quemaría toda vestidura blanca que encontrara y que los Ancestros se la comieran cruda si les apetecía. Al menos su muerte tendría algo de épica.
Esa mañana tenía ganas de llorar. Llevaba mucho tiempo con ganas de llorar. Era una congoja perpetua, una desazón constante; no sabía muy bien por qué. Había estado pensando en la vida desde que habían empezado a hablarle de la llegada de su Doncellez al verano siguiente y de los planes de futuro: un esposo, una dedicación. Ella no quería hacer nada de todo eso. ¿Para qué casarse? ¿Para qué tener hijos? ¿Para que ellos tuvieran más hijos, y así hasta el fin del mundo? No le veía sentido. En cuanto a dedicarse a recolectar florecitas para los Ancestros o cualquier ocurrencia similar, al primero que se lo sugiriera le plantaría una patada en la espinilla. Habría dado un brazo por que hubiera algo en el mundo que le apasionase tanto como para seguir viva.

El Ungido seguía cantando mientras llegaba el momento de quemar los inciensos. Siempre se mareaba con los inciensos. Miró a su alrededor buscando piedras que evitar, por si se partía la cabeza al caer al suelo. Ya le había pasado alguna vez, el desmayarse en mitad de un Rito.
Al volverse para decir a su madre que se sentía mal, se encontró con el ceño fruncido de su tía. Era un ser bastante obsesionado con las apariencias, con un don de la oportunidad para expresar sus opiniones francamente nefasto. Seguía vistiendo de blanco a pesar de su edad, porque no había habido manera de que se casara. Todos le parecían poco. Evitó su mirada como pudo y le lanzó una petición suplicante a su madre...
-Madre, me encuentro mal...
-Ya queda poco, hija...
Volvió a mirar al frente y una vaharada de humo aromático la envolvió. Tosió un poco y se le llenaron los ojos de lágrimas; no veía bien, la salmodia se perdía en sus oídos...
Cuando volvió a tomar contacto con el mundo, alguien la llevaba en brazos. Sintió cómo la dejaban con cuidado en una piedra, y oyó a su abuela murmurar “ay mi niña, ay mi niña...”. Al abrir los ojos, encontró a su madre abanicándola, a su abuela con cara de extrema preocupación y, a lo lejos, todo el resto cantando en un murmullo ininteligible.
-¿Has comido algo esta mañana? -preguntó su abuela.
-Sí, claro... -intervino su madre, sin dejar de darle aire-. ¿Te has hecho daño?
-No -contestó ella, tratando de incorporarse.
-Ya nos vamos a casa -dijo su madre, consoladora-. Comes un poco y te echas a dormir. Nosotras nos vamos luego al río. Tú duerme.
Ella asintió, con una leve sonrisa. Dormir. La única cosa en este mundo por la que valía la pena despertarse.

Se había levantado de la siesta de un humor apacible. Estaba sola en el tejado esa tarde. Su abuela estaba muy orgullosa del tejado de su casa. Habían hecho muchos sacrificios para conseguir un tejado con tejas y no sólo de cañizo, manteniendo así caliente a la familia y ahorrándose pulmonías y demás males provocados por el frío y la humedad.
Le gustaba subir allí a pensar. Nadie la molestaba. Pensarían que estaba haciendo algo productivo y no la reclamarían hasta la hora de cenar. Si le preguntaban qué había estado haciendo, ella diría que cosas. Era lo más cómodo. Fregar loza y demás tareas domésticas entraban en esa categoría, hacer cosas. Remendar trapos. Cocinar. Lavar a los críos. Menuda existencia le esperaba.
El sol se ponía a sus espaldas. Los cuatro trozos recosidos y heredados de tela marrón que le cubrían el cuerpo eran diez veces más cómodos que los vestidos blancos de rigor de los Ritos. Pronto le coserían uno nuevo. Uno que sólo fuera de ella. Uno para el día que comenzara su Doncellez. Ya sabía de qué iba el tema; madres de muchachos idiotas que conocía de vista o de nada aparecerían en casa cada poco para presentar sus respetos a la abuela e informarse de la dote que le correspondería y hacer cábalas. Por lo menos, había nacido mujer; podría negarse en rotundo o escoger, caso de que a su abuela le conviniesen varios candidatos. Los muchachos tenían que contentarse con las elecciones maternas, sin opción a réplica.
Ya lo tenía todo pensado. Rechazaría todas las ofertas sistemáticamente, retrasando el momento todo lo posible. De los dieciséis al los veintiún años había un largo trecho, y probablemente en ese margen de tiempo se volvería tan loca que acabaría saltando por el acantilado y todo terminaría. Sin esposos. Y una dote que le ahorraría a su familia.
Se miró las trenzas. Le llegaban hasta la cintura. Pronto podría soltarse el pelo para que todos vieran que estaba en edad de merecer y que podía comenzar la cacería.
La voz de su tía, proveniente de la calle, la sobresaltó.
-...ese muchachito, el de la mantera, ¿qué te parece? Es tan calladito, tan educado; su madre ya ha hablado algo alguna vez... Con lo siesa y lo arisca que es tu hija, por todos los muertos, es todo un partido, si se niega no sabe lo que le conviene... Tan inteligente para unas cosas y tan tonta para otras...
Apretó los dientes y tomó aire. Así que tonta.
-A mí no vais a casarme -masculló, mientras bajaba del tejado.

La sangre le hervía en las sienes. Le temblaban las manos cuando irrumpió en la enorme cocina y avanzó con decisión hacia la pared donde estaban colgados los cuchillos de hacer matanza. Cogió el más pequeño de todos y lo agarró con fuerza. Apretando los dientes, se cortó la trenza derecha, tirándola después al suelo; lo mismo hizo con la izquierda, sin poder reprimir también un grito; se había cortado la mano. Recogió los restos y los echó en la lumbre, sin miramientos; apenas tardaron unos instantes en consumirse, llenando la habitación de un olor extraño.
Estaba de pie, mirando el fuego, con la mano ensangrentada asiendo aún el cuchillo cuando entró su madre, con su abuela.
-¿Dónde... ¡Madre mía!
Ella giró la cabeza despacio, aún aturdida.
-¿Qué te has hecho? -musitó su abuela.
Ella soltó el cuchillo, apenas consciente del dolor. Al acercarse, su madre vio la sangre y, en un silencio incrédulo, la sacó a la luz exterior, y se dispuso a curarle la herida. Su abuela se sentó en su lugar, apesadumbrada; ella sabía que su pelo le daba igual, lo que le espantaba era pensar en los comentarios que vendrían al día siguiente.

-¿Cómo se te ha podido ocurrir?
Su tía seguía gritando. Ella continuaba comiendo, sin levantar la cabeza del plato; le habría gustado decirle que todos iban a morir, que todos eran condenados a muerte en potencia, pero no valía la pena gastar sus palabras en alguien que no iba a entender nada. El resto de los miembros de la familia tampoco hablaba, consternados aún por lo que significaba su gesto. Sólo cuando la mujer calló para tomar aire, su tío, el hermano de su madre, intervino, apremiante; aprovechando para hacerse con la palabra unos instantes.
-Necesitan una chica en la casa del Barón -anunció.
Las miradas que habían estado fijas en los platos se volvieron silenciosamente hacia ella.
-¿Para qué? -preguntó la abuela con un hilo de voz.
-Creo que cuidar a su esposa. Está enferma, y las criadas que tiene no tienen Clan... A él le gusta hacer las cosas como siempre...
Vio a su tía asentir con aprobación. Lo de las tradiciones era valor incuestionable en su casa.
-Te prepararé una bolsa con tus cosas -terció su madre, conciliadora.
La joven se encogió de hombros. Qué buena manera de librarse de ella.
-Se lo diré al Barón... Mandará a alguien a hablar contigo -añadió su tío, dirigiéndose a su madre-. Le gusta hacer las cosas bien -insistió.
Ella suspiró. Bueno, si eso era cierto, por lo menos no la violaría.

martes, 21 de abril de 2015

La Suerte del Dios Hambriento

Se acerca el día del libro y yo vengo a dar buenas noticias. 

Tiempo ha hablé del hermanito de El Tiempo de Viridia. Dicho hermanito saldrá publicado en la segunda mitad de 2015 con Sportula, una editorial muy maja con un montón de libros chulos. Todos los que preguntasteis con Viridia por edición digital y a los que tuve que deciros con todo el dolor de mi corazón que naranjas de Beijing estáis de suerte: La Suerte del Dios Hambriento saldrá en edición digital, para que podáis llevarla a todas partes sin partiros el lomo. 



¿Qué vais a encontrar en esta novela? Dejo hablar a los párrafos que aparecen en la web de Sportula:

Trevia es la única persona que ha entrado en Kargen y ha vuelto para contarlo. Pese a haberse retirado hace ya tiempo, no puede evitar asumir la responsabilidad de acabar para siempre con la mayor amenaza para los niños de Larda, Veria y el Thrais: Urboja, el Dios Hambriento. Así, a regañadientes, se embarca en la que espera que sea su última empresa… y que podría serlo en un sentido muy distinto al que desea.

Jugando con habilidad con los clichés de la fantasía épica clásica y la estructura del «quest», M. C. Arellano construye una historia sólida y con personajes creíbles en la que la reflexión va de mano de la aventura. No es la paz lo que espera al final del viaje del héroe, ni su grial la resplandeciente Verdad que nadie refuta. Tal vez solo sea la libertad de criterio, incómoda y molesta, la recompensa por realizar la tarea que nadie más está dispuesto a emprender.

Pues eso: va de un dios que come niños. Así, sin estragón ni nada. Tras años de fracasos, a una mente preclara se le ocurre encargarle a Trevia que erradique el problema. A Trevia se le da bien matar cosas, pero un dios... Un dios tiene otras implicaciones y otras dificultades. Tiene que montar un equipo decente y solventar las complicaciones e imprevistos que van surgiendo en el camino.

También tendrá que contestar preguntas.

La Suerte del Dios Hambriento habla de respuestas. De las que pueden darse o no. De las que no queremos dar. De las que nos gustaría tener.

De las que no existen.

lunes, 20 de abril de 2015

Metadona literaria

Estoy muy cansadita después de un fin de semana muy heavy. Me duele todo y aquí estoy, escribiendo, así, por vicio. Echo de menos a mis animalicos, al bosque donde el tiempo hacía lo que le daba la gana y a lo que acechaba bajo los árboles arrastrando un hambre imposible de saciar. Tengo un síndrome de abstinencia bastante gordo cada vez que termino de escribir algo que no se calma si no me sumerjo en otra historia (u otras). Estos párrafos del blog son mera metadona. 


Esto soy yo después de un buen chute literario.


Como estamos en la semana del libro y esas cosas, he decidido volverme pobre y hacerme con algunos títulos para nutrir mi área de Broca. Uno de ellos será alguno de los que me quedan por leerme de Terry Pratchett (probablemente Thud! o Going Postal, tengo más cuerpo de Ankh-Morpork que de cabezologías), y es un big deal de la leche. Mientras me queden libros suyos por leer no tendré que asumir que no va a escribir más. Aunque no está muerto lo que se lee eternamente. Creo que la cita no era así, pero viene al pelo.

A veces me da por reparar en la cantidad de libricos bonicos que me quedan por descubrir o que aún no se han escrito y me pongo contenta así, sin pasar por la casilla de salida ni cobrar las diez mil pesetas. Ea. La felicidad está ahí dentro. O fuera. O no era la felicidad. Qué mal se me dan los lemas y las citas, leches.

jueves, 16 de abril de 2015

Cosicas bonicas

Acabé de corregir (bueno, decidí que había acabado, corregir es un proceso que puede durar eternamente) mi librico forestal hace unos días y he estado un poco "desnortá" literariamente hablando, escribiendo entradas que se publicarán en el futuro y leyendo tranquilamente. De vacaciones, vamos. 

Ahora, el Proyecto Saturnina me mira. Me pone ojicos. Me dice "¿Mamá?" y yo me derrito, preguntándome como pueden producirme tanta ternura veinte páginas de las cuales cinco son esquema y quince terror manchego. Y me pongo a ordenar escenas, a acojonar descripciones y a matizar puntos de la autoguía de estilo. A la que te descuidas, estoy escribiendo otra vez. Y eso es bonico. E igual que me he pasado meses en un bosque donde el tiempo es distinto ahora floto en La Mancha de los cincuenta, desde los ojos de un niño, así que el tiempo es diferente también. 


Doré clavaba los cardos de mi tierra como nadie los ha clavado.

Agárrense el refajo. Vamos a exorcizar fantasmas del pasado.

miércoles, 15 de abril de 2015

Arquetipos VIII: El Héroe

Por muy raro que parezca, este arquetipo está sacado directamente de la vida real.

El Héroe hace lo que tiene que hacer y le echa cojones al tema. Hay pocos héroes que lo sean desde el principio. Suelen empezar como Niño que se cae del guindo (Simón, Añoranzas y Pesares) o como Alma Torturada (Aragorn). Tiende a estar íntimamente ligado con el Elegido, pero a veces aparecen como personajes secundarios con un par bien puestos (Angarad, El Sueño de los Muertos).

Es el que da un paso adelante para asumir la tarea de hacer algo chungo, que no le apetece una mierda pero no se fía de nadie más para hacerlo/no quiere que ninguna otra persona tenga que comerse semejante marrón. Además suele carecer del bonus de Poderes Cósmicos con el que suele venir el Elegido normal. Suelen tener la cabeza mejor amueblada; son los dignos de admiración, esos que da gusto desarrollar. Frodo, por ejemplo, que se decide a llevar el anillo aunque le apetece una higa.  Lúthien Tinúviel, que se va a buscar a Beren donde haga falta, y a la inversa.

Fingolfin.




A Tolkien se le daban bien los Héroes. Su épica es épica de personajes con un par de huevos, que quizá se alejen del lector (nosotros, proletarios del siglo XXI, llenos de defectos y de flaca voluntad) para identificarse con ellos. Es fácil identificarse con el Elegido 80% (Jo, Paco, imagínate que te toca salvar al mundo y te pierdes la Eurocopa, buf, no me extraña que reaccionen como reaccionen). Es fácil entender al Elegido 20% (Joder. Puedo volar. Echo rayos por las pestañas. Los malos se van a cagar). Sin embargo, el Héroe es ese que le echa cojones y va a hacer lo que nadie más tiene hipotálamo de hacer, sin armas extra. A ver cuántos de nosotros haríamos lo mismo.

A veces le sale bien, como a Frodo. Otras, no, y la carga dramática se dispara. Sí, Fingolfin. Otra vez.


lunes, 13 de abril de 2015

Lecturas no obligatorias: batiburrillo

Esta entrada viene con ciertas ganas de ordenar algunos libros de esos que te lees porque sí y dices "mira, he acertado". Es una entrada programada, lo que significa que la escribí en algún momento del pasado y me ha parecido buena idea colocarle un día aleatorio para que aparezca. Me gusta vivir al límite.

Memorias de una vaca (Bernardo Atxaga)


Decíamos ayer que una de las cosas que me gustan de un libro es que me cuenten la historia desde un punto de vista poco habitual. Este te lo ofrece desde el título. Va de una vaca que le cuenta su vida a una monja y creo que dicha monja la transcribe y todo. Tiene unas crisis de identidad bastante extrapolables y es de esas historias que te cuentan cosas distintas si las lees con diez años o con veinticinco. 

Serpiente del Sueño (Vonda N. Mcintyre)



Esto estaba en una estantería por mi casa y un día de aburrimiento aleatorio lo cogí. Va de un mundo futuro chungo desértico donde una señora que los tiene cuadrados va por ahí curando a las personas humanas a base de bocaos de serpiente. La portada es una chufa y no tiene nada que ver. 

Las zapatillas verdes (Saint-Marcoux)



No me acordaba del autor y me ha costado un poco dar con ello en google. Es un libro de los sesenta. El ejemplar que leí había pertenecido a mi madre. Va de una niña parisina que quiere ser bailarina y me dejó con mal cuerpo, pero mal cuerpo de ese que dices "qué bien me ha dejado mal cuerpo". Para ser un libro sesentero mola: no hay mozas intentando buscar marido ni comportándose como señoritas o como cenutrias intentando ser rebeldes. Va de bailar/crear/arte. Y de todo lo que implica.

sábado, 11 de abril de 2015

13 Cosas que querría ver en GoT/CdHyF. Zarzuela de spoilers inside.


Una tiene su corazoncito. Viendo que parece que GoT va a salir por peteneras respecto a Canción de Hielo y Fuego, se doblan las posibilidades para que ocurra lo que me gustaría que ocurriese. Como Martin tiene tendencia a partirme el pensamiento lateral (muere quien no debe morir y sigue vivo quien debería de haber pelechado hace mucho) no tengo esperanzas de que la historia acabe como a mí me pide el cuerpo, pero soñar sigue siendo gratis. A este paso lo descubriré en mi fiesta de jubilación. Tampoco me importa esperar.
Me imagino que esto pueden considerarse spoilers a carretillas, así que cuidadito. Vienen detrás del trono. 

Un tono de hierro muy grande para proteger de spoilers a los incautos

1. Arya reecontrándose con Nymeria. Y liándola parda, a ser posible.
2. Bran poseyendo a un dragón. Y liándola parda, a ser posible, haciendo un socarrat de zombies con acompañamiento de Otro a la brasa.
3. Arya terminando su lista. Y teniendo una crisis de "¿y ahora qué hago con mi vida?".
4. Sansa palmando de forma absurda por pavisiesa. Esto lo veo más posible en los libros, ya que en la serie la han convertido en una mosquita muerta digievolucionada en proto-jersey Cersei. Igual acaba sentada en el trono de hierro, con Meñique de consorte. Cosas veredes.

 Su única salida ha sido volverse gótica. 
Qué digo gótica. 
Darks.

5. Corazón de Piedra VS zombis aleatorios. No tengo ninguna esperanza de que esto ocurra, pero anda que no habría molado.
6. Tyrion montando un dragón. Liándola parda, a ser posible. 

 Saluda a mi amiguito.

7. Jaime haciendo brocheta de Tyrion. Esto sólo tiene sentido en CdHyF, en la serie no le da motivos. Qué momento dramático tan bueno se cargaron. En fin. No me apetece una mierda que Tyrion muera, pero es narrativamente potente que para una vez que pierde el control con quien no debe tenga una consecuencia terrible.
8. Daenerys VS el calamar del cuerno. Esto tiene que pasar en los dos sitios. No sé cómo se va a resolver y no quiero especular.
9. Theon muerto de una puñetera vez.

 Dejadlo pelechar ya, poldió

10. Ramsay hijo comido vivo por las ratas, muriéndose de sepsis, inserte aquí su "recibiendo su merecido" favorito.

11. Cersei perdiendo su identidad. Que nadie la reconozca, malviviendo en la calle y tomada por loca. No me vale que ya lo haya pasado mal y que haya estado encerrada y blah.

12. Cómo se cantea el I+D que están haciendo con La Montaña.

 Sana, sana, culito de rana...

13. A Melisandre en todo su esplendor. Sorpréndeme, Dios de la Luz.

14. Bonus track: Los Otros invadiendo los Siete Reinos. Cuán brutal sería que atravesaran el muro, que las rencillas internas impidieran a Poniente hacerles frente y lo fueran conquistando todo, todo, Desembarco del Rey incluido. Que palmara todo el mundo. Qué grande sería el "¿Siete libros para acabar siendo todos carámbanos?". Oh, sí. 

 Ya está bien de tanta tontería

Esto tiene un final alternativo: Poniente cayendo casi entero bajo el hielo y Daenerys metiéndoles caña desde Dorne dragón en mano. Vencer, vale, pero sin que quede nada sobre lo que reinar, habiendo caído todas las grandes casas. La saga pide que gane quien gane la victoria sea pírrica. Como acaben todos bailando jotas en un mundo nuevo renacido de felicidad lalalá se me van a caer los palos del sombrajo.

¿Qué queréis ver en GoT/CdHyF?

viernes, 10 de abril de 2015

De Re Añordicatoria

El título de esta entrada es una coña que, a riesgo de sólo entender yo, paso a explicar. De Re Aedificatoria es un tratado escrito por Alberti que lo petó en el Rencimiento y trataba, adivinad, sobre hacer edificios. En este texto yo quiero hablar del arte de hacer ñordos. Podría haber elegido otro tratado (De Ñordo libri decem también lo he barajado, así a la vitruviana) pero este molaba más. Incluye la palabra res-rei, que es una de mis favoritas de la quinta declinación, además.


Al tema.

Hacer ñordos es muy fácil en cualquier ámbito. Sólo tienes que buscar uno del cual no tengas ni idea y ponerte a ello. Por definición, la cagarás al primer intento. Por eso es un primer intento. El primer día que te sientas delante un piano o eres Mozart o da gracias si consigues hacer una escala.

El primer cuento que escribes será, probablemente, un truño épico.

El problema de la escritura es que, en los tiempos que corren, todos llevamos escribiendo desde los seis o siete años y parece que se nos da bien. Hacemos exámenes y listas de la compra y la cosa va más o menos funcionando. ¿Qué pasa cuando usamos esa habilidad para contar una historia? Que va la muy perra y se revela insuficiente. Y resulta que hay que trabajar sobre algo que das por sentado. Se remueven cosicas dentro.

Pasa igual cuando aprendes a cantar y resulta que tienes que dominar algo tan habitual como respirar. RESPIRAR. Toca reeducar los pulmones como si nunca los hubieras utilizado. Usar una cosa llamada diafragma en la que nunca antes habías reparado como músculo voluntario. Y, hasta que sale algo medianamente bonico, básicamente rebuznas.

Rebuznar sabiendo que estás rebuznando es bueno. Rebuznar es aprender.

Hay quien no quiere pasar por la "humillación" de la fase rebuzno, por vergüenza o miedo al ridículo o algo. No, hijitos, no tengáis miedo: hay que rebuznar. Hay que escribir truños épicos de los cuales los adjetivos quieran salir corriendo. Quiero reivindicar aquí ese paso, que parece olvidado, porque es fundamental. Hay que perpetrar ñordos para saber cómo evitarlos. Y hay que ser consciente de dónde está uno, o se corre el riesgo de rebuznar inconscientemente. Y eso sí es peligroso.

miércoles, 8 de abril de 2015

Un año de "El Tiempo de Viridia"

Hoy hace un año que presenté El Tiempo de Viridia. Estaba emocionada, nerviosa y un pelín acojonada. Vino bastante gente y agradezco en el alma su presencia a quienes me acompañaron aquel día.


Hubo cosas que quedaron por decir. Creo que no profundicé lo suficiente en el desnortamiento existencial que es la base de esta novela. La vida es eso que pasa mientras intentas adivinar qué es lo que tienes que hacer con ella. La protagonista no sabe lo que quiere ni lo que le conviene y así le va. Y mete la pata, y hace cosas que no quiere pero no sabe que no quiere, y se agarra a clavos ardiendo, y está sola, y tiene miedo a admitir sus errores, así, mientras llueven tortas por estribor y sopapos por babor. 

A ver cómo eliges camino si no tienes ni puñetera idea de dónde vas.

Sigo sin tener ejemplar propio (el de la foto es el de mi madre). Mi economía no me ha permitido nunca comprar ejemplares para mandarlos a sitios y que hagan reseñas, por ejemplo. El rollo redes sociales este de "dime cosicas bonicas de mi libro" me da un poco de alergia. Organizar saraos me produce ansiedad. El comunitimanagerismo y el brandingmierdas estos de los nuevos tiempos me producen tics en el hipocampo. No se me da bien. No ha tenido toda la publicidad que me hubiera gustado darle. La gente que se lo ha ido leyendo y me ha dicho de viva voz su opinión me ha ayudado mucho, pero claro, eso no deja huella digital.

Igual un día de estos dejo un cacho del primer capítulo aquí, a ver si animo a las masas (o algo). 

Lo próximo (chan-chan-chán) saldrá directamente en digital. No ocupa espacio, es más asequible para el lector ávido cuasi-mileurista y rula mejor. Ese va a ser mi regalo para El Tiempo de Viridia: decirle que va a tener un hermanito.

Próximamente en sus pantallas: La Suerte del Dios Hambriento.

(Bajad un poquito, que está el séptimo u octavo).

martes, 7 de abril de 2015

Ser a destiempo

Los peces eran grandes y negros. Había uno más pequeño, naranja con manchas blanquecinas. La fuente era vieja, de piedra, y sus paredes interiores se hallaban cubiertas de verdín. Un envoltorio de piruleta flotaba en la superficie del agua. Los peces nadaban lentamente y yo no tenía doce años.

 
Mi prima apenas tendría uno y medio. Acababa de aprender a andar y los peces le gustaban. Alguien tenía que quedarse con nosotras mientras los demás, los que ya habían cumplido doce años, estaban donde los menores de esa edad no debían. O no podían. La norma era estricta, o eso me lo parecía a mí. Estricta, dolorosa e hiriente.

Era primavera. Mayo. Hacía calor. Yo no tenía doce años y quería tenerlos. Necesitaba tenerlos. Algo -las miradas ajenas, los tonos de voz, los gestos -presagiaba que no tendría otra oportunidad para necesitar tener doce años. El tiempo para que tener esa edad fuera útil se agotaba.

-¿No puedo ir yo también?
-No.
-¿Y si se lo explicamos?
-Es que no es un sitio para niños.

No era un sitio para nadie, en realidad. Así que miraba los peces, le ponía caras a mi prima para que se riese, deseaba tener doce años y esperaba.

Murió con el mes, cuando rayaba junio. No me había dado tiempo a tener doce años y derecho a cruzar la puerta, subir las escaleras y despedirme. Ya no importaba. Podía seguir teniendo ocho. Podía sentir perfectamente la pérdida con ocho años. No había normas estrictas que me impidiesen llorar.

lunes, 6 de abril de 2015

Arquetipos VII: El Niño que se cae del guindo

Hoy vamos a hablar de árboles, que es primavera y están en flor todo gloriosos. Bueno, más que de árboles, hablaremos de la gente que vive en ellos feliz cual lombriz.

Bastante unido al Empanao y al Elegido, suele ser también el protagonista. Vive en su mundo de yupi hasta que algún acontecimiento o conversación le parte el pensamiento lateral y tiene que asumir lo que le ha tocado vivir, es decir, caerse del guindo.

En gran parte de los casos dan ganas de varear el guindo para que se caiga de una vez. Tiene las pruebas ante sus ojos y no creas que se entera hasta que no llega alguien que se lo explica ("Verás, hijo, ¿te has dado cuenta de que eres idéntico al tío Zutano, de que te hace regalos espontáneos y apareces como heredero suyo en el testamento? Pues es que... La luna, el pajar..." "No me entero, madre" "Que es tu padre, melón"). 

Ahora, cuando se lleva bien y te caes del guindo con el personaje es una delicia. Terry Pratchett me lo ha hecho varias veces. Las buenas caídas de guindo no las ves venir y es un detalle nimio el que hace encajar todas las piezas. Es una de las cosas que le pido a un libro perfecto: una buena caída de guindo. Un zurriagazo tal que me duela el culo metafórico y me quede diciendo "¿ein?" un par de párrafos. 

Este arquetipo se ve también en la literatura no fantástica. El muchoporciento de los libros románticos van de alguien que durante doscientas páginas no se entera de que otro alguien está enamorado hasta las trancas de él, y cuando se cae del guindo por fin es demasiado tarde y tragedia y qué ciego he estado (en eso hay que darles la razón, todos lo detectamos a media página y a él le cuesta tres cuartos de libro).

RUBIA: Oigh, cómo me mola este mozo. Voy a mirarlo con ojos extasiados 
y a rozarle el brazo disimuladamente y a suspirar como una damisela 
y a sonreír tímidamente y así se dará cuenta de que me mola.
MORENA: Aquí hay tomate, Blasa.
RUBIO: Qué chica más simpática. ¡Anda, una mosca!

Tenemos niños que se caen del guindo a patadas: Danekal (El Sueño de los Muertos), Simón (Añoranzas y Pesares), Garion (Crónicas de Belgarath)... La lista es interminable. Caídas de guindo gloriosas tiene Sam Vimes. La de Húrin es también tremenda.