martes, 11 de julio de 2017

"El Tiempo de Viridia": porqués variados

I. Por qué ahora y así

Era yo novel, joven e imberbe hace dos años cuando se publicó en papel El Tiempo de Viridia. Voy a dejarlo en que fue un aprendizaje y en que tengo una espina clavada desde entonces. 



Mi contrato expiró bien expirado hace más de un año y me decidí a sacar una edición digital (por la que muchos piaban en su momento) de esta novela. ¿Cómo? Mis experimentos con Amazon no estaban dando mucho resultado. Ya había sido editada y mucha gente se había gastado los cuartos en la edición en papel. Al final, después de muchas vueltas, decidí sacarla a trocitos, de forma gratuita, hasta completarla. Y luego... Spoilers.

La aventura comenzó oficialmente el 6 de julio. Extraoficialmente, comenzó cuando me puse a revisarla y a convertirla en archivos separados. Qué divertido ha sido hincarle el diente después de la experiencia ganada en QA y todo lo que he aprendido tras haberla publicado. Eduardo Manostijeras recorta a paso de tortuga reumática comparado conmigo.

En fin, que la estoy sacando porque se merece que la traten bien.


II. Por qué leerla

Porque mola un huevo de brontosaurio, así os lo digo.

Por el bien del SEO voy a decir algunas cosas que no me gusta especificar: podría entrar dentro de lo que llaman Young Adult (con una protagonista tardoadolescente con la que cualquiera que haya tenido diecisiete años y no le haya visto sentido a su vida se puede identificar). También es Alta fantasía - High Fantasy (vamos, que transcurre en un mundo creado ex profeso para esta historia, no en ninguna alacena mágica) y no tiene ni elfos ni enanos ni aberraciones inventadas para suplir el espacio de los hobbits porque plagiarlos habría sido muy cantoso.

Mirad a Peiro, qué majo que es.

Viene a hablar de redención. De cagarla, de cometer errores tremendos y de encontrar un camino para sobreponerte a ellos y a sus consecuencias. De perdonarse a uno mismo (cómo odio esta construcción gramatical, pero bueno) y de ser capaz de avanzar en lugar de enfangarse en la autocompasión, el torturarse y todas esas cosas que te hacen buen artista, según algunos imbéciles iluminados.

La protagonista, animalico, no es ninguna elegida. Es capaz de hacer amigas, de meter la pata hasta el fondo, de gestionar las emociones como un suricato adicto al café y de encabezonarse en buscar siempre una salida. Y quien dice salida dice un sentido a la vida.

 
III. Por qué releerla

Habrá quien se leyera la versión en papel en su momento y diga: "¿Y ahora, pá qué?". Confiad en mí: la versión digital es lo que me habría gustado que fuera la versión en papel... Lo que la versión en papel podría haber sido si la editorial hubiera editado el libro en lugar de imprimirlo tras encargarme la corrección a mí, por ejemplo. En cualquier caso, ya que el 90% de quienes pillaron el libro son amigos, familiares y adláteres, voy a apelar al aprecio que me tenéis como ser humano y a pediros que os sumerjáis en la historia de nuevo. Que, además, es gratis.

Contemplad a Lehn en toda su gloria.

A mí no vais a casarme.

IV. Por qué pinchar en este enlace

Porque es ahí donde vais a poder leerla gratis. ¿He dicho ya leer gratis? 



viernes, 7 de julio de 2017

Tanabata

Esta fue una de las leyendas del apartado Historias de amor bajo el cielo estrellado del Ciclo de Cuentos Nipones que hice en la Biblioteca de Castilla-La Mancha. Es uno de mis cuentos preferidos, por todo lo que refleja.



Orihime, tejedora, vive portándose bien en el cielo, cumpliendo con sus obligaciones a orillas del río Amanogawa (que aquí abajo conocemos como la Vía Láctea). Su padre, el Rey Celestial, está muy orgulloso del trabajo de su hija. Las versiones difieren en la forma en que la abnegada Orihime conoce a Hikoboshi, un pastor de bueyes que vive al otro lado del río, pero el caso es que se enamoran y se casan.

Se quieren, pasan tiempo juntos, comparten. Orihime presta menos atención a sus tejidos y Hikoboshi le hace tan poco caso a sus bueyes que acaban desperdigados por el cielo y, suponemos, causando un caos bastante interesante. El Rey Celestial, que tiene muy poca empatía para resolver conflictos, decide solucionarlo separándolos para siempre y condenándolos a que no se vean más.

Supongo que luego se iría a dormir a su casa celestial tan feliz.

Orihime va a ver a su padre y le suplica volver a ver a su marido. El Rey Celestial se conmueve (un poquito) y les concede la generosa oportunidad de verse una vez al año, el séptimo día del séptimo mes. Cuando llega el día, el matrimonio comprueba que no hay ningún puente para cruzar el río Amanogawa, así que... No pueden abrazarse.

La tejedora llora tanto que viene una bandada de grullas a ayudarla, construyendo un puente con sus alas para que pueda cruzar.



Las grullas prometen volver cada año, siempre y cuando no llueva. Warwick Goble, el pobre, no había visto una grulla en su vida, pero no importa: la ilustración es preciosa así.

Orihime y Hikoboshi, Vega y Altair, esperando todo un año para volver a encontrarse. Es otro amor verdadero, inmenso y claro, con una circunstancia adversa en forma de poder fáctico despótico a pesar del cual encuentran una forma de verse.

La pieza musical más hermosa que he escuchado para esta historia está en el disco Mono no Aware de Jesús Díez. Uno puede oír a las estrellas resonando al final de la canción.

https://www.jesus-diez.com/?wix-music-comp-id=icymwsnp&wix-music-track-id=5848439787094016

 
Un deseo final para todos los que se aman: que nunca llueva vuestro séptimo día de vuestro séptimo mes.

jueves, 15 de junio de 2017

Amor verdadero

El vídeo que aparece en esta entrada es un spoilerzaco de Zelda: Breath of the Wild, así como el texto que le sigue.

Vengo a hablaros de amor verdadero. Como decía el bardo de La suerte del Dios Hambriento:

El amor verdadero es fácil. Es inmenso y claro. No suscita dudas ni temor. Es una fuerza imparable. Quizá la circunstancia no sea la propicia, quizá haya que luchar contra elementos externos, pero el amor verdadero en sí no tiene ninguna complicación. Es tan sencillo como respirar. Da la vida. Quien te diga que el amor es sacrificio, o quien te muestre un valle lleno de tinieblas y lo llame amor, miente. En el amor sólo hay luz. Quien te ofrece sombras no te ama.

Como la gente parece tener un concepto un poco confuso de qué es el amor (como los que califican a Madame Bovary como historia de amor, qué me estás contando), vengo a poneros un ejemplo gráfico en forma de cutscene de Mipha. Este vídeo, aparte de spoiler, es muy ilustrativo de lo que viene a ser el amor verdadero.



1. Mipha ofrece. Su discurso es protector. Detrás de ese "no matter who difficult this battle might get" no está sólo "qué malo es Ganon", sino también "cómo duele verte con Zelda". Y, aun así, Mipha ofrece. El amor verdadero es desinteresado.

2. Mipha dice que estara ahí always. Siempre. Sin condiciones. Ni ultimátums ni chorradas: te quiero y quiero cuidarte. Punto pelota. El amor verdadero es incondicional.

3. Sólo aspira a pasar algún tiempo juntos. Mipha es lúcida, consciente de su situación, y elige ser coherente con sus sentimientos. El amor verdadero nace de la libertad de elección propia y del respeto a la libertad de elección del otro. Así que no, no implica reciprocidad. Mipha tampoco la pide, de hecho sus deseos se retrotraen a cuando eran más jóvenes.

Así que no me vengáis con "historias de amor" como la de Emma Bovary, que es una amargada egoísta; ni la de vampiritos varios, ni ninguna en la que haya celos implicados, ni pepinillos en vinagre. Cuando escribáis llamadlo "relaciones humanas", pero no "historia de amor". ¿Es terrible que no te correspondan? Pues sí. Eso no hace a los sentimientos menos verdaderos. Claro, que para gestionar algo así hay que tener la cabeza muy bien amueblada. Lo fácil es huir. Ojo, que huir es una decisión perfectamente válida. No todo el mundo tiene que estar cableado para atravesar igual según qué sendas. Pero la posesión, la manipulación y esa sarta de despropósitos que la literatura romántica ha asociado con el amor no son más que veneno. 

Mucho cuidado con lo que llamáis amor. Mucho más cuidado con lo que escribís diciendo que es amor.

domingo, 4 de junio de 2017

La leona herida



Lo sabe.
Está todo perdido.
Herida de muerte, rota para siempre: una leona inválida, desangrándose para entretenimiento de unos pocos; crueles, mezquinos, letales.

Quizá veáis aquí su último grito, el lamento final antes de dejarse morir. Supongo que es lógico pensarlo. Pero un instante no puede sentenciar la totalidad de la historia y, al final, son las historias que nos contamos las que nos abren las sendas a escoger.

Dejadme que os cuente una historia en la que nadie repara.

La leona está todavía viva y le quedan fuerzas para rugir.

Despreciada como trofeo al final de la injusta cacería, la leoná se arrastró lejos, usando las patas delanteras, hasta que la cantidad de sangre perdida hizo que cayera inconsciente. Al despertar, a pesar de las saetas clavadas en su espalda, aún podía respirar. Fue un ser humano quien, unas horas después, se las arrancó; fue la suerte quien le permitió encontrar carroña con la que alimentarse y no ser encontrada por ningún otro depredador. Pese a que el dolor no la abandonaba, siguió arrastrándose, sin entender que el hecho de que sus patas traseras le doliesen era una buena señal.

Sí, cojeó durante el resto de su vida, que fue mucho más larga de la que le otorga la sentencia habitual del observador indiferente que le echa un vistazo rápido al relieve mural. 

No os fiéis de los instantes. Nunca cuentan la historia completa. Los instantes no tienen poder para sentenciar un final.

domingo, 23 de abril de 2017

Cómo os han mentido sobre "El Quijote"

¡Feliz día del libro!

A, ver hijicos míos... Si os digo "El Quijote", ¿qué os evoca? ¿Esto?


O esto...



Un tío delgaducho en un caballo, un retaco pueblerino en un pollino y molinos. ¿Me equivoco? 

A Google Images también le evoca eso, por cierto.

Pero, ¿de qué va la obra cumbre de Cervantes, esa marca hispana que plantamos en todas partes? ¿De un señor perturbado que ataca molinos porque ha leído demasiados libros de caballería? Podéis decirme que es una crítica a esos libros y, de paso, a la sociedad de su tiempo.

Pues que sepáis que no va de eso.



Hordas de hispanistas afilan las hachas para venir a quemarme viva cual muchedumbre enfurecidita. Tengo que decir que me leí, hará como un mes, la primera parte de "El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha". Mi contacto previo con la obra fue en primero de Bachillerato, por mediación de una profesora que no paraba de hacer spoilers y que no entendía eso de seguir un orden en las clases. No, ni olí al Quijote en la carrera. El señor de literatura moderna prefirió deleitarnos con la picaresca alemana y eso no se lo deseo ni a mi peor enemigo.

Cuál ha sido mi sorpresa al encontrarme que lo de los molinos ocupa una página y el resto va de... Otra cosa. No va de criticar a los libros de caballería (aunque los personajes los pongan a caer de un burro) sino a la censura (en forma de quema de libros) a la que se recurre como recurso de los incompetentes al haber fracasado a la hora de proporcionar herramientas a la población para forjarse un criterio. Así, sin más. El yayo se ha vuelto majara, vamos a echarle la culpa a esto que no entendemos, quemémoslo para evitar que pase otra vez y que se le contagie a otra gente.

Como prohibir el rol porque a un colgao que jugaba le dio por matar a gente.

Sí, se pitorrea de los libros de caballería porque son fantasiosos y pasan cosas imposibles. Qué listos y adultos somos todos mientras leemos El Quijote y coincidimos con Cervantes en lo simples e ingenuos que son los lectores de esos libros. Y, mientras ridiculiza dicho género literario por poco realista, los lectores se están tragando gustosamente todas las eventualidades que comienzan el Sierra Morena y que se convierten en una serie de nada catastróficas casualidades que culmina en una venta perdida en mitad de la Mancha, donde tooodos se reencuentran y tooodos se arreglan y cada mochuelo a su olivo y oveja con su pareja, fueron felices y comieron perdices.

Súper creíble, igualico que los libros de caballería.

Qué cabreado estaba Cervantes. Qué mala leche tenía. Y qué bien la hilaba con ese humor discreto, capaz de quedarse con los hipsters y los posers a través del tiempo. 

Así que no, el QUijote no va de un señor atacando molinos, aunque eso sea lo que le enseñan a los niños en el cole: va de ver la paja en el ojo ajeno e ignorar la viga en el propio. No es sólo una crítica a la sociedad de su tiempo, sino a la naturaleza humana en general.

Y lo hizo tan bien que, aun hoy, nos tomamos a su libro igual de en serio que Alonso se tomaba a Amadís, como modelo de conducta romántica. Se tiene que estar partiendo la caja, allá donde esté. Qué bien lo hizo.

Gracias, Cervantes. Feliz día del libro.

domingo, 12 de marzo de 2017

De efemérides, tristeza y Mundodisco

Hace dos años falleció Sir Terry Pratchett.

Las redes sociales se han encargado de recordármelo. Había yo empezado este día de lluvia y grisura encendiendo mi ordenador nuevo con la ilusión de ver qué más puede ofrecerme una máquina funcional (además de este teclado maravilloso) y toparme con ese recuerdo ha sido bastante doloroso. Hace una semana se cumplió un año de otro fallecimiento y creo que es el momento de hablar de tristeza.



Escribí como pude en su momento sobre la pérdida que significaba para mí. No fue fácil. Tampoco fue nada fácil gestionar la lectura de The Shepherd's Crown unos meses después. No he tenido cuaje para releerlo. Sin embargo, durante el último año sí que he recurrido a un par títulos que me quedaban pendientes y, por tanto, gastando las escasas y contadas oportunidades que me quedan de sentir la sensación de leer un libro "nuevo" de Pratchett. Snuff fue maravilloso, pero Monstruous Regiment me proporcionó unos momentos irrepetibles de "esto no me lo veía venir" que tanto escasean con la deformación profesional.

Parece que si no te rasgas las vestiduras y sollozas en la plaza pública es que no sientes "lo suficiente". Muchas veces confundimos entereza con indiferencia. Hay tristeza que no se va nunca y simplemente se incorpora al devenir diario: es una parte más de las experiencias que nos conforman. No es mala ni hay que negarla, pero tampoco se puede exacerbar. En general, le tenemos pánico a estar tristes. Cuando lo contamos, recibimos enseguida una tonelada de consejos para dejar de estarlo, como si fuera malo. "Tienes que ver el lado positivo, lo superarás, blablablá". Como si quisieran arreglarte cuanto antes y no tener que aguantarte estando triste. Si algo bueno ha hecho Disney en los últimos diez años es meter una escena en Inside Out que espero que cale por los siglos de los siglos donde se enseña con un ejemplo muy gráfico que la tristeza no se "cura". 


Bonus: véase cómo Alegría es una inútil con la empatía de un ladrillo
 que intenta "animar" a la aberración elefántica de la forma en que ella misma se animaría, 
sin pararse a pensar en qué necesita la aberración para estar mejor.

Así que hoy podemos permitirnos estar tristes, coger algún libro suyo y releerlo, escribir con su ejemplo de perseverancia como guía o hacer algo para que el mundo sea un poco mejor. Una de las constantes en su obra es que hay que hacer las cosas bien.

No sé si llegaré a leerme Raising Steam. Es como si no estuviera muerto "de verdad" hasta que no queden libros suyos pendientes. Estoy muy poco conforme con el imperativo este biológico de que haya que morirse y de que tengamos que bregar con la pérdida de formas creativas para no ahogarnos en la pena y la angustia pero, hasta que la tecnología lo remedie, en nuestra mano sólo está el vivir la vida como tal, recordar a los que se han ido y hacer el viaje memorable.

lunes, 6 de marzo de 2017

De creatividad, sufrimiento y molar

Periódicamente me encuentro con la tontería estupidez chorrada afirmación esa que hizo alguien a propósito de un señor decimonónico (creo que era un señor decimonónico) diciendo que, si no lo hubiera pasado tan mal y sufrido tanto, el mundo de hoy no podría disfrutar de su excelso arte.

CACA DE VACA. CALIDAD SUPERIOR.

Vamos a hablar de un par de cosas que hay que tener en cuenta a la hora de hablar del sufrimiento.

1. Sufrir es malo. Punto. No hay más. No hay nada positivo en que te atropelle un camión. Fin.

2. Gestionar el sufrimiento es muy difícil. Puedes hacer varias cosas, pero me voy a centrar en dos, las que vienen al caso:
  • 2.A: Remangarte y sacarle a la situación horrible que sea el mejor partido.
  • 2.B: Enaltecer lo que te ha pasado y convertirlo en algo "guay" para no tener que lidiar con que es horrible.

Como persona que crea (on a daily basis) y que tiene su grado medio en que la vida le dé patadas en los hocicos (como todos, que es una cosa que se nos olvida, que el todoporciento de la población tiene siempre lo suyo detrás) me siento especialmente insultada por todo ese rollo del artista amargado cuya obra no sería excelsa si no lo hubiera pasado mal. No, mirad: NO. 

Ya dijo Neil Gaiman que si te explota el gato la salida que te queda es make good art, pero eso ni implica ni ensalza el hecho de que el gato explote. Construirte una identidad en base a que tu gato ha explotado es victimista e infantil y algo que probablemente haya que hacerse mirar. 

Supongo que toda esa aura mística en torno al artista torturado es una cosa muy útil para el ciudadano de a pie para sentirse identificado y, de paso, especial. Oh, sí, Michelangelo, soy tan sufridor como tú. Almas a la deriva. Pertenecientes al mismo club social de amargados. Estar amargado me da status de genio renacentista y poeta existencialista francés. Porque, hijos míos, ahora viene la chicha: ¿le hace a uno alguien caso cuando dice que es feliz? ¿Recibe uno atención o refuerzo positivo cuando le suben el sueldo?

Hemos creado una sociedad que se vuelca (en las relaciones del día a día, con la vecina o con los colegas) en procurar que el triste esté menos triste en lugar de en potenciar la felicidad de quien ya lo es. Reparamos en nuestros semejantes cuando el daño ya está hecho, en lugar de evitarlo. Y esto lo aprendemos desde chiquititos: el que llora es el que más atención recibe. La necesite o no. Pensadlo: ¿llamaríais antes a consolar a un colega que ha puesto en FB que le han robado la bici y está hecho polvo o a uno que ha ganado una carrera para felicitarlo?

Es que yo quiero ser como esos náufragos que se volvieron caníbales y tal.


Confundir las dos gónadas y media que hay que tener para sobreponerse a las cosas con que mola que te pasen cosas malas para que puedas superarlas y convertirte así en un héroe romántico es enfermizo. 

Ahora vamos a aplicar esto a la creación literaria, empezando por lo básico: sin conflicto no hay drama. Cuando te pones a escribir una novela tiene que pasar ALGO. Introducción, nudo, desenlace, esas cosas. Sin embargo, como bien sabemos, no tiene que ir obligatoriamente de que pasen cosas chungas y gracias a esas cosas chungas los protagonistas descubran el verdadero significado de la mortadela. 

¿Te pasó algo horrible y lo superaste a través del arte? Olé. ¿Basas tu identidad como artista en que te pasó algo horrible? Busca ayuda. En serio, agarrarse al misterio de la víctima no es superar las cosas. Es una forma de gestión infantil. 

Y esto me lleva al último punto de hoy: parece que ser feliz no es adulto. Ser feliz es cosa de niños o inconscientes o tontos del higo. CACA DE VACA, edición gourmet. Precisamente, lo infantil es cruzarse de brazos y estancarse en el "ahora me enfado y no respiro", en la amargura y la queja como forma de vida, en lugar de atreverse a ser feliz. Sí, cuando estás amargado puedes fluctuar entre amargado de andar por casa y amargado premium, pero estás tranquilo en tu categoría. Sin embargo, el que es feliz corre el riesgo de dejar de serlo y, ay, hijos míos, hay que ser valiente para estar dispuesto a arriesgarse así. Hay que ser adulto. Si no te atreves a superar algo obviamente no puedes fracasar en el intento.

Nadie que haya pasado por una depresión y la haya superado la echa de menos por sus cualidades de creación catártica. De tener la oportunidad de volver atrás en el tiempo y sufrirla o no, creo que nadie elegiría tener que pasar por ella.

Sufrir es malo. No envidiéis a los artistas torturados ni ensalcéis su experiencia. No admiréis el sufrimiento, sino a quien ha sabido superarlo sin convertirlo en su bandera. Y, sobre todo, sabed que no necesitáis sufrir para ser grandes creadores. Mirad a Bernini. 

Y aunque suene cruel: donde no hay mata no hay patata. Si eres mediocre, que te atropelle un camión y le escribas odas a la morfina no te va a hacer buen artista. Romantizar el sufrimiento no te da puntos de carisma. No aprendes a rimar de repente. No vas a molar más.

Tomaos en serio a la gente feliz. 

jueves, 2 de marzo de 2017

El último viaje


Es bastante llamativo que la humanidad, en todo el globo, se haya esforzado en construir un lugar donde los muertos puedan pasar la eternidad en condiciones más o menos deplorables. Este afán de imaginar y creer, de dar respuesta a esa pregunta terrible que es la muerte, es una constante en todas las religiones y sociedades que los bípedos pensantes han desarrollado. 

Una de las cosas que mejor hacemos los humanos es contarnos historias. Actúan como bálsamo, como consuelo un tanto parco ante una cuestión tan angustiosa como es la pérdida.


Izanagi y Orfeo: la impaciencia mató la esperanza

En el folclore japonés, según la tradición sintoísta, el mundo fue creado por Izanami e Izanagi. La primera muere de forma trágica -dando a luz al Kami de fuego- y su pérdida afecta, lógicamente, a Izanagi. 

¿Dónde va Izanami?

Su condición de diosa creadora no puede protegerla y acaba morando en el Yomi, una suerte de infierno gris y baldío donde no importa qué clase de vida llevaras mientras estabas vivo. Donde otros sistemas de creencias se han esforzado en proyectar una esperanza -pórtate bien e irás al cielo, destripa muchos enemigos y acabarás en el Valhalla- el sintoísmo no nos ofrece recompensas por "portarnos bien". Pudiera parecernos lógico que esto llevase a una cierta desidia vital, una carta blanca para alejarnos de lo correcto. Sin embargo, le da a lo correcto otra dimensión, un valor, un fin en sí mismo, en vez de degradarlo a un medio para conseguir un premio. 

Izanagi no se resigna y va a buscar a Izanami.



Eurídice, la amada de Orfeo, también muere en circunstancias trágicas. Él, desgarrado por el dolor de su pérdida, se adentra en los submundos grecolatinos armado con su lira dispuesto a suplicar por la vida de Eurídice. Ríos, lagos y regiones bien diferenciadas componen los infiernos griegos: hay un cierto manual de instrucciones para hacerles la "vida" más fácil a los difuntos en su nuevo plano de existencia.

Sorteando todos los obstáculos -lo normal en estos casos: perros gigantes de tres cabezas, tormentas, barqueros inflexibles- Orfeo llega ante Hades y Perséfone y canta, consiguiendo que atiendan su petición. Como los dioses griegos tienen una cierta tendencia a retorcer lo que podría ser simple y a inventarse reglas sobre la marcha, le prometen que Eurídice volverá con él, que lo seguirá en el camino al mundo de los vivos, si él cumple con una pequeña condición de nada.

Hasta los píxeles se inventarion en la Antigüedad.


Cuando Izanagi encuentra a Izanami, ésta le comunica que ya ha tomado el alimento del inframundo y que la única esperanza ahora es intentar convencer a los gobernantes de Yomi para que la dejen marchar. Mientras, Izanagi debe esperar. Izanami insiste en que no debe mirar dentro de la estancia donde se retira a tal efecto.

Las instrucciones que recibe Orfeo son similares: no debe mirar atrás durante el viaje de vuelta. Eurídice le seguirá pero él no puede volverse a comprobarlo hasta que el sol de los vivos la bañe por completo.

Este "no mirar" es terreno fértil para la interpretación. ¿Qué metáfora velada guarda? ¿Qué nos dice, sin decirlo, sobre la muerte? El "no mirar" se disfraza de paciencia y de esperanza. Cual gato de Schrödinger, Izanami va a volver y no va a volver; Eurídice camina tras Orfeo y a la vez no camina. Vivas y muertas a la vez. Todos los humanos somos condenados a muerte en potencia -hasta que la tecnología permita lo contrario- y la incapacidad de gestionar la incertidumbre existencial del cuándo y el cómo es un motivo de desesperación que no pasa de moda.

Izanagi se impacienta y se asoma. Contempla el verdadero aspecto de Izanami muerta, lo cual la enfurece: es ella misma quien descarga su ira sobre él y lo persigue hasta los confines de la tierra de los muertos. La impaciencia de Izanagi y el orgullo de Izanami crean una enemistad mortal entre ambos: roto el matrimonio, Izanami se dedicará, a partir de entonces y hasta que acabe el tiempo, a matar a los hijos de Izanagi, que promete hacer nacer a muchos más de los que ella reclame. 

Orfeo, al final de un penoso camino en el que aguanta sin mirar atrás, finalmente se vuelve. Es una sensación semejante a la de que te mate un final boss cuando le queda un punto de vida. Eurídice se deshace en polvo y Orfeo se entrega a la desesperación.

¿Es imposible triunfar sobre la muerte?


Lúthien: el triunfo de la mitología moderna

J.R.R. Tolkien, cuyo centésimo vigésimo quinto cumpleaños se habría celebrado el pasado tres de enero, es posiblemente el creador de la mitología moderna más completa y profunda. Se echó a la espalda el trabajo que lleva a cabo una sociedad entera durante siglos y salió airoso. Un análisis a su trabajo en la elaboración de mitos revela cómo luchó contra las incoherencias internas de su mundo, contra las distintas versiones escritas y reescritas, exactamente iguales que las que podemos encontrarnos en la mitología grecolatina, por ejemplo.

En un sistema tan complejo no podía faltar la reflexión sobre la muerte. Con respecto a los Hombres, Tolkien no revela qué les aguarda exactamente tras la muerte, sólo que su destino es diferente al de los Elfos y habrá que esperar al final de los tiempos para ver qué pasa (muerte, incertidumbre, secreto, paciencia).
 
El viaje de los vivos al lugar donde habitan los difuntos lo protagoniza, en este caso, Lúthien. Este personaje lleva detrás un historial de no arredrarse ante nada y buscar la forma de salirse con la suya, no importa el peligro al que quede expuesta. Tras la muerte de Beren, su amado, decide ir a negociar con Mandos -que guarda las estancias de los difuntos- para conseguir que el mortal vuelva a la vida.

Igual que Orfeo con Hades, Lúthien canta ante Mandos. Por primera y última vez, él se conmueve y busca una solución. Consulta a Manwë (el primus inter pares de su panteón, sólo por debajo de Ilúvatar, el creador) y presentan a Lúthien una elección: vivir para siempre en las Tierras Imperecederas, sin Beren, o regresar a las tierras mortales con él, como mortal, compartiendo ambos el destino de los Hombres.

Lúthien elige

 Es uno de los personajes cumbre del siglo XX.

A diferencia del mensaje descorazonador de la historia de Orfeo o del desastre que causa Izanagi, el regusto que deja la hazaña de Lúthien no tiene notas de desesperación. Gestiona la certeza de la muerte desde una perspectiva más madura, centrándose más en aprovechar la vida que en temer su final. Lúthien elige vivir en lugar del duelo eterno. Ayuda bastante que no haya "trampas" en la elección que le presentan los seres superiores.

Seguimos contándonos historias. Seguimos viviendo como si no nos fuéramos a morir y enfrentarnos a esa certeza es la ordalía principal. El querer vivir para siempre no debe impedir vivir ahora. A estas alturas, como dijo Kavafis, sin duda sabremos qué significan las Ítacas.

lunes, 13 de febrero de 2017

De hadas, oni y misterio legendario

Hay un cuento (o leyenda, o historia, o narración) japonés que fue, sin duda, la estrella del cuentacuentos infantil que hice en su momento. 

Habla de un señor con una verruga muy fea (o un lunar, o un forúnculo, o cualquier otra excrecencia) en la cara que se topa con una tormenta y una tropa de oni (llamémoslos ogros, seres sobrenaturales en cualquier caso) que empiezan a bailar y a los que se une, sin poder resistirse. Los oni disfrutan tanto con sus pasos que le piden que vuelva a la noche siguiente y se quedan la verruga/lunar/forúnculo en prenda para asegurarse de que sea así. El hombre vuelve a casa y le cuenta la historia a su mujer y ésta, a su vez, a su vecina. La vecina, cuyo marido tiene también un regalito divino en la cara, se lo transmite y este va en busca de los onis, que no distinguen un humano de otro y se creen que es el anterior, hace un baile penoso, y los onis no quieren verlo más, así que le "devuelven" el forúnculo, con lo cual vuelve con doble gracia a su casa. 

Son unos bichos preciosos.


Es una historia tremenda. Te enseña que nunca sabes cómo vas a salir airoso de una situación y que lo que le funciona a otras personas a ti no tiene por qué irte bien (hola, progenitores del mundo empeñados en que sus niños sean/hangan x). Y, cuando se la cuentas a los críos, da muchísimo juego: bailar como un ogro y hacer un poco el cafre es una de las aficiones preferidas de los cachorros de todas las edades. 

Hace unos días me topé con esta leyenda, que parece ser oriunda del sur de Irlanda. Es la misma leyenda de los oni, "irlandizada": con jorobas en vez de con verrugas y con hadas en lugar de oni, pero mantiene exactamente lo mismo. Incluso lo de volverse con dos regalitos por el precio de uno. 

 Ven, que te concedo un don...

Me llamó muchísimo la atención, dado que Japón e Irlanda nunca se han caracterizado por sus estrechas relaciones folclóricas. Los antropólogos o etnólogos o quien sea que se dedique a estudiar estas cosas igual están más acostumbrados a encontrarse la misma historia en lugares tan alejados geográfica y culturalmente. ¿Una leyenda deriva de otra leyenda? ¿Cómo? ¿Ambas nacen de una leyenda común, a medio camino, en Eurasia? ¿Es un esquema narrativo que nació espontáneamente en ambas culturas? 

Los cuentos están vivos. Nos dan forma y les damos forma. De alguna forma, se las apañan para estar llenos de misterio, aunque no versen sobre él.

lunes, 9 de enero de 2017

Mono no aware

 Cosas bonitas que ha dado Japón: grabados.

Hace cosa de una década (qué vértigo da pensarlo, madre mía) a mí el rollo niponófilo me daba bastante cosica. Partamos de que me crié con los animes que echaban en las recién nacidas Antena 3 y Tele 5 (cuando el simbolito de esta última era una especie de flor, parecida a la galleta del surtido Cuétara que nadie se come) y Chicho Terremoto me daba un asco que no puede transmitirse con medios mortales. También, por aquella época, echaban Humor Amarillo. Que sí, que era muy divertido, pero mi primer contacto con lo japonés me dejó con la idea de que eran una panda de colgaos masocas y pervertidos que sólo habían dado una cosa buena: los Caballeros del Zodíaco.

Moraleja: exponed a cosas a los niños, que si no crecen perdiéndoselas.

Fundido en negro. Saltemos un par de lustros adelante. En mi adolescencia, después de tragarme Bola de Dragón entera y algún que otro anime de esos de palos parlantes o de coña como Ranma o Reena y Gaudy, descubrí cuál era mi problema con ese tipo de animación: no se toman en serio a sí mismos. Carecían de solemnidad. Me molestaba personalmente que se lo tomasen todo a coña.


Mi exposición a la cultura japonesa, basada en lo que echaban por la tele, me predispuso a mirar con una ceja enarcada a las personas humanas que me encontrase y manifestase algo tipo "a mí es que me fascina Japón". O-key. 

Moraleja: si tenéis niños/adolescentes cerca, EXPONEDLOS A COSAS.

Un día probé el sushi y flipé pepinillos. Bueno, flipé salmón con salsa de soja, pero bueno. La comida me quitó algo de recelo y me hizo darme cuenta de que, como mínimo, había cosas de Japón que no sabía. Tampoco hice mucha intención de acercarme a la parte de su cultura que no se masticaba. Otro mazazo gordo a mis prejuicios lo supuso ver La Princesa Mononoke. Eso sí que fue algo de ojiplacitez.

Una historia solemne. Una historia que se alejaba de lo grotesco. No había coñas. Había magia, y monstruos, y un bosque, y malos con chicha, y unos bichos en el bosque que...

KODAMAS.

Quisieron los hados que poco después entrase en mi vida Jesús. Fue la primera persona que me habló de Japón y con la que, a media conversación, no me encontré enarcando la ceja, sino intrigada. Me mostró la faceta de Japón que nunca había llegado a mí: la tradición, la poesía, la melancolía. Mira que yo ya llevaba un cuarto de siglo largo en esta tierra y nadie antes me había contado Japón de forma que se me despertase el gusanillo.* Y qué gusanillo.

Valga esta entrada como agradecimiento para Jesús por abrirme la puerta a un mundo que me ha llenado de felicidad. Él es la razón última por la que acabé desarrollando el Ciclo de Cuentos Nipones, y también quien propició que me acercase al folclore japonés en busca de todo lo que atesora. Las personas así hacen que el mundo sea un lugar mejor.

Fundido en negro. Dejamos de hablar de mi experiencia para pasar a la vuestra, oh inocentes lectores que no sabéis lo que viene a continuación.

Jesús Díez, la misma persona que me trajo -además de otra infinitez de cosas que no hay palabras para expresar y que, de haberlas, no cabrían en todo internet- la fascinación por la cultura nipona ha compuesto un disco que os la va a traer a vosotros, si no la sentís ya.

Voy a empezar con dos palabras: Japón y Metal. 



El disco se llama Mono no aware, un concepto tan triste como precioso. Como el mismo Jesús explica perfectamente:

Mono no Aware brings powerful symphonic metal 
together with Japanese traditional instruments
in a unique and thrilling musical journey 
through the melancholic fleeting beauty of existence.

¿Qué vais a encontrar en él? Una diosa de gran poder y belleza. A don Quijote de la Mancha. La preciosa historia del amor de Tanabata. La hermosa semblanza de los cerezos. Estrellas. Ímpetu creativo. Mil grullas de papel y esperanza más allá del miedo. Le hace a la música lo que Tolkien le hacía a la poesía: convertirla en un universo.

Cuando me encuentre capaz, escribiré en condiciones sobre el disco. Mientras, escuchadlo. Dejad que os descubra un universo nuevo, como hizo conmigo, y disfutad de un mundo mejor.




*Gusanillo en este contexto implica un bicho del tamaño de Smaug.